Malditos bastardos, malditos críticos
25 Octubre 2009
Desde la espléndida secuencia inicial de Malditos bastardos—homenaje a los spaghetti western de Sergio Leone y Enzo Castellari—, el guión y la cámara se quedan prendadas con el malvado de la función: el coronel Hans Landa, un nazi inteligente y maquiavélico, que consolida su apodo de El Matajudíos en la ocupada Francia de 1940.
Mientras Landa masacra a su familia, la joven Shosanna Dreyfus escapa de sus garras, y se instala en París como regidora de un viejo cine. Allí llega un joven soldado alemán, Frederick Zoller, héroe de guerra al que han dedicado una película, protagonizada por él mismo. Para tener un detalle con Shosanna, de la que se ha enamorado, Zoller consigue que la primera proyección de ese filme se realice en el cine de la chica, con la presencia de Goebbels, otros jerifaltes nazis y el mismísimo Adolf Hitler.
Digo malditos críticos, porque a Tarantino no le dejan pasar ni una. Es el chico de moda de su generación y se le exige que vuelva a hacer replicantes de perfección a lo Pulp Fiction. Algunos dicen que en su último trabajo está el peor Tarantino, que la peli es una milonga, que no tiene ni pies ni cabeza, ni pizca de gracia. Son los malditos apasionados mito-maníacos que piden otro salto mortal al trapecista o su cabeza.
Si empezamos por los defectos, yo le veo a Malditos bastardos uno que no impide la calidad de la cinta: la repetición del mismo esquema en todas las secuencias. Si uno se fija, la estructura escénica tiene su arranque con una presentación ordinaria, un nudo de burbujeantes diálogos y un desenlace de fuegos artificiales.
Pero no le resta méritos a un trabajo que funciona como un combate de wrestling, el famoso deporte guionizado de los norteamericanos, en el que las tortas no son tortas de verdad. Es verdad, yo nunca me creo los porrazos de Tarantino. En esta ocasión la violencia es en algunos momentos brutal pero, tan teñida de ese sarcasmo de marca de la casa, que no le da tiempo al cerebro a procesar el horror.
Lo que impresiona es ver a un creador enamorado de su trabajo. Tarantino disfruta con el cine y narra las cosas con un pulso, un tempo y una imaginación muy precisa. El guión es más que notable, hay una referencia a Hemingway que a los apasionados de la literatura no se nos puede escapar (lo dejo aquí). Los diálogos no cansan, a mí no me estorbó ninguno, ya sabemos que Tarantino cuenta las cosas incluso cuando no pasa nada. Y encima es un mixter de lujo, lo mezcla todo, la banda sonora spaguetti western con la Francia ocupada por los nazis, la desafección más absoluta por la historia (obsérvese el final) con una precisa delineación de los caracteres de época.
Tarantino es un niño que no ha perdido el entusiasmo por el juego. La peli es un scherzo, un divertimento, no pretende darnos una lección de venganza, ni es una apología de la violencia, nada de tomarse en serio los sacrificios por causa de la libertad… Es más bien una de los hermanos Marx para adultos.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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