Aunque la mona se vista de firma
12 octubre 2009
Parece que las últimas encuestas lo dejan claro, la crisis no ha afectado a los hábitos de consumo de los adolescentes. Aunque tengan menos dinero en el bolsillo, siguen comprando ropa de marca. El cocodrilo, el caballo rampante o la CH parece que son señas de identidad irrenunciables. Con la que está cayendo. Y no sólo ellos, la trampa nos coge a todos, huérfanos si no nos ampara un logo que señale lo que queremos parecer que somos.
Nosotros lo sabemos, las firmas lo saben, y los falsificadores también. Un paseo por las aceras de Gran Vía o Preciados dejan al alcance de la mano lo que en los escaparates es sólo una ilusión a la que pocos pueden acceder. Y picamos, picamos como peces en un barril. Desde Nápoles llegan bolsos cosidos a golpe de pistola, según se cuenta en las magistrales líneas de Gomorra, y desde el Índico, pañuelos de Hermes tejidos por esclavos que mueren con los pulmones encharcados en tinta para telas. Todo vale si queremos parecer la mujer del César. En Bali se falsifican hasta las tiendas, fachadas incluidas, orgullosos de ser los mejores falsificadores del mundo, mientras que un viaje a Nueva York no está completo sin un paseo por Chinatown en busca de un Rolex de a treinta dólares. Esconderse tras una marca da seguridad, imprime carácter. Aunque la cosa se desmonte en cuatro días, la mayoría prefiere una camisa que pica como el esparto siempre que en la pechera lleve bordada una marca que hable de quien la lleva.
Pero las marcas, esa vez las de verdad, las de barrio de Salamanca, con moqueta estampada y portero corbata de seda, también se creen lo que no son. Levantan la barbilla porque ellos sí se sienten la mujer del César. Emiten pasaportes a un mundo de lujo y distinción a golpe de Visa, y parece que hacen un favor al que cruza el reluciente esquinazo de sus tiendas. Pero ya no saben lo que venden, la barbilla está tan alta que no ven lo que ocurre por debajo de su ombligo, centro absoluto de un mundo en decadencia. Y desde los mostradores de cristal y oropel ya no distinguen ni lo que venden, ni lo que vendieron.
Tres problemas tres. Uno, los que copian cada vez deben copiar mejor. Dos, los que venden ya no saben lo que es bueno o palo. Tres, se equivocan tratando a su público como piratas que buscan cambiar baratijas por oro.
Me cuentan que en Loewe recibieron hace dos semanas unos bolsos que necesitaban pequeñas reparaciones después del uso de treinta años. Recuerdos de familia que acercan la memoria de buenas navidades pasadas. Sorpresa, barbilla en alto, los bolsos eran falsos. ¡Qué le corten la cabeza! Dijo la reina de corazones desde el altar del mostrador. Japonesas llegadas desde el sol naciente mirando con desprecio y clientes de toda la vida agarrándose la cartera como si se la fueran a birlar.
La clienta roja de vergüenza. Los bolsos son fetén, más castizos que los churros. Loewe Madrid de toda la vida. Antiguos, desgastados, fuera de catalogo, lo que quieras, pero hace treinta años no estaba abierto el negocio de las copias a granel. Insiste la clienta, que son buenos, que vuelvan a fábrica para que los miren con lupa. Y los bolsos vuelven de mala gana. La suerte está echada, reconocer que no reconocen lo que hacen en sus talleres de postín es ceder ante la evidencia de saber que da igual comprar en el Rastro que darse un garbeo por Claudio Coello.
Dos bolsos, dos, que son de Loewe antes de que lo fuera la tienda de Serrano, comprados en Gran Vía en el tiempo en que Chicote era Chicote. Un regalazo de suegra a nuera de los que no se olvidan, cómo para olvidarlo. La factura, vaya usted a saber, quién necesita factura si todo el mundo sabe que es un Loewe. Pues no. Ahora las marcas necesitan ticket para saber que lo que venden no es de mercadillo. Poca diferencia debe haber cuando las cosas se ponen así de chungas.
Y qué no y qué no y qué no. Que el bolso lo dan por falso, que han consultado en los catálogos y que si San Juan cayó en viernes. Mira, da igual, que yo sé que es un Loewe que ha pasado de abuela a madre y ahora a nieta. Y punto. Ustedes sabrán lo que no saben.
Y seguimos empeñados en comprar lo que no es. Disfrazarse de disfrazado. Siempre a la moda, siempre a la última, maracas caras, vida cara, éxito. Vendedores de humo, mediopelo con el cocodrilo haciendo la mueca de la vanidad en anverso de una moneda en la que ni el cocodrilo, ni CH, ni Loewe dan clase al que no la tiene. No pidas peras al olmo. El siguiente paso ya no será la imitación sino la parodia. En eso estamos.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


Commentarios
¿Tiene algun comentario?