Top

Presuntos culpables

29 septiembre 2009

Los instintos más primitivos se despiertan y no puedes controlarlos. Tu compañero de trabajo siempre aparca en la puerta. Siempre tiene entradas gratis para el fútbol porque su primo sirve cañas en el palco de San Miguel. Siempre va a los estrenos porque su mujer tiene una amiga en el departamento de marketing de nosequé distribuidora. Y además este fin de semana ha estado en Londres porque consiguió dos billetes por un euro en Internet.

Y como tú, llegas al trabajo en metro, y ni tienes primos ni tu mujer tiene amigas en departamentos de marketing, te lanzas a buscar billetes de avión en Internet. Dos horas y nada. Dos días y nada. Y empiezas a sudar y mosquearte con los links de ofertas.

Y encuentras un billete para París a treinta más tasas, que son un robo porque cuestan setenta, pero como le has prometido a tu mujer una sorpresa, te lanzas aunque los gabachos ni te van ni te vienen. Mala suerte, el avión sale a las cinco de la madrugada del miércoles, pero además como no es febrero de año bisiesto y hay elecciones en Togo, la oferta no está en vigor.

 

Un día es un día. Y decides buscar en las compañías de toda la vida. Dos billetes a Londres por el sueldo de un mes. Horas extras, no importa, como un señor, sin reparar en gastos.
Dos horas antes en el aeropuerto. El madrugón no se lo salta un gitano. Como un señor. Las maletas las forras de celofán a siete euros porque a tu primo le dejaron sin calzoncillos de aquí a Luton. Como un señor. Y vas al mostrador, y la tipa te dice que la tarjeta de embarque te la saques tu mismo en una maquinita que está en frete, mientras ella se arregla las uñas. Todo para agilizar trámites, parece ser.

Y ahí estás tú, mirando la máquina que no reconoce ni tu pasaporte ni tu billete electrónico, y acabas perdiendo la paciencia en un trabajo que jamás nadie te ha explicado. Y si pides ayuda a una azafata te mira con unos ojos que te hacen sentir como un pobre imbécil incapaz de seguir unas “sencillas” instrucciones. Por fin, en la pantalla se muestran los asientos disponibles, y resulta que en todo el avión no hay dos butacas juntas. Bueno sí, dos, pero tienen un sobrecargo de treinta euros cada una. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Y miras a tu alrededor y nadie está sacando tarjetas de embarque para ese vuelo. ¿Cómo es posible que no haya plazas disponibles? Debe ser que los pasajeros han hecho el embarque desde casa, por Internet, te dice la azafata. Camelos, pero te lo tienes que tragar.

Y no se trata de una compañía de bajo coste, al fin y al cabo los billetes cuestan una pasta. Con las de bajo coste es más fácil que te quedes en tierra pidiendo perdón por llevar cien gramos más de los autorizados. Ya tienes tus tarjetas, y mueves tu carro hasta el mostrador, donde la azafata ya se ha limado las uñas. Pero ahora hay una cola de Padre y muy Señor mío. Debe ser un nuevo sistema de agilización, que con tus cortas entendederas, no alcazas a comprender. Hay que cambiar los planes de estudio. Ya.
Por fin tus maletas, que parecen dos morcillas embasadas al vacío, se pierden en la cinta transportadora. Creer que volverás a verlas es un dogma de fe.

Bueno, a esas alturas ya asumes que te falta poco para quedarte medio en pelotas en el control de seguridad. Cinturón, llaves, móvil, cartera, monedas, cámara de fotos, gorra… y las botas. Te quedas descalzo, con patucos de plástico, y pasas por el arco. Y pita, siempre pita. Otra vez a quitarte cosas. Y tu bandeja está al otro lado, y la miras de reojo para que nadie te guinde la cartera. Y pasas, y vuelves a pitar. Entonces levantas las manos para que te pasean el detector por todos tus rincones. Y piensas que el resto del mundo te está mirando. Y es que te están mirando. Tienes cara de sospechoso. Todos los de la fila son sospechosos, nadie que no esconda algo turbio es capaz de pagar por pasar ese calvario. Pero no nos engañemos, vamos como corderillos. Y justificamos nuestra soberana estupidez pensando que es por nuestra seguridad. Pero en un bolsillo de la funda de la cámara llevo un destornillador de cuatro dedos que se pasea por el detector sin que nadie lo detecte. A lo mejor es que no hay tanta seguridad.

Además, el tipo que te cachea con cara de mala leche y guantes de plástico no ni es policía, pero levantas las manos. Vete tú a saber de dónde lo habrán sacado, porque a los ingleses les habla en español, y a los españoles ni nos habla. Da miedo.
Y te quita el desodorante porque no va en bolsa de plástico. Al destornillador ni caso. En mi próxima vida voy a ser fabricante de plásticos. Parece que los terroristas ahora utilizan explosivos líquidos, pero no destornilladores, y en lugar de inventar un detector de explosivos, es más fácil tratarnos a todos como a terroristas. Ahí nos las den todas.

Ni te quejas, es un viaje romántico y el mostrador de reclamaciones está cerrado por falta de personal. Las quejas por Internet, que las compañías bastante hacen con llevarte. Estaría bueno.
Bien, ya estás dentro. Te vistes de nuevo, y compras desodorante en la primera tienda. Por supuesto el tuyo no lo venden. Tienes tiempo, porque a pesar de que has perdido horas hasta llegar allí, el avión sale con retraso. Explicaciones, para qué, tú sólo eres el cliente. Como un señor, tú no eres de esos que viajan en low cost y que no pueden llevar un bulto de mano por falta de espacio, pero a los que les está permitido comprar un oso de peluche de tamaño natural siempre que se dejen la guiligaña en el aeropuerto. Busines is businiess.

Por fin te montas, (good mornig, hello, ya eres importante) tu mujer se sienta cuatro filas más atrás. El viaje romántico se está viniendo abajo, eso sí, tu compañía aérea es una de las grandes. Como un señor. La azafata te ofrece café y magdalena al módico precio de seis euros. No gracias, aguanto hasta Londres. Y te mira como si fueras un tacaño miserable.

Y llegas y todo te merece la pena, y tu viaje es romántico porque quieres a tu mujer y ella te quiere a ti, aunque el desodorante no sea el de tu marca de siempre, al final es lo que cuenta. De eso se aprovechan. Pero te entra un escalofrió seco por el espinazo pensando que tienes que volver a viajar como Ben-Hur. Nos estamos equivocando, el mundo no se construye tratando a los demás como si fuera ganado. Tratando a los demás como si fueran presuntos culpables. Así no, gracias. Casi prefiero ir andando. Como un señor.

José Cabanach

Compartir:
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Technorati
  • Digg
  • Sphinn
  • del.icio.us
  • Mixx

Commentarios

¿Tiene algun comentario?





Bottom