Nadie como Shakespeare
28 septiembre 2009
Ben Johnson acertó: Shakespeare es un hombre para todos los tiempos. Sus contemporáneos entendieron que su genio era único, lo cual no significa que Shakespeare fuera el único autor teatral en el Londres de su tiempo. Esta es la tesis que recorre los diversos textos publicados recientemente por algunos de los más prestigiosos especialistas en el dramaturgo. El genio de Shakespeare se manifestó en un campo abonado para la creatividad teatral. Su presencia colosal iluminó su época con tal fuerza que acabó por oscurecer las notables virtudes de sus coetáneos.
El título de la obra de Stanley Wells, uno de los más sólidos editores del canon shakespeariano, es elocuente: Shakespeare and Co. La compañía del título tiene que ver con la constelación de autores isabelinos: Dekker, Jonson, Middleton, Fletcher, Kyd y, por supuesto, la estrella del momento, Christopher Marlowe. La palabra, sin embargo, sugiere también hasta qué punto el bardo estaba integrado e involucrado en los negocios de su troupe: como autor, actor y empresario. El texto dramático fluía tanto por designios de la musa como para dar papeles adecuados al perfil de los actores de repertorio y, por supuesto, para servir a los consagrados como Richard Burbage o el cómico Will Kemp. Sin la disponibilidad de un niño actor de gran talento para los papeles femeninos es probable que nos hubiéramos quedado sin Lady Macbeth o Cleopatra. Y la colaboración – o plagio- entre autores son moneda corriente en la época. Wells, por ejemplo, considera probada la presencia de la mano de Middleton en Macbeth. Hablamos, pues, de textos que emergen del talento personal y del bullicio teatral que habita los territorios de la orilla sur del Támesis. Allí está el teatro y allí está la vida. No ocurre nada remotamente parecido en el teatro inglés hasta la irrupción del nuevo realismo de John Osborne y sus contemporáneos a finales de los años 50 del siglo pasado.
La insistencia en rebatir la idea de presentar a Shakespeare cómo un genio inexplicable y aislado no es nueva. Su obra es la de uno entre otros y el conjunto define un período, a caballo entre los siglos XVI y XVII, de la sociedad isabelina a la jacobina, de un vigor creativo excepcional. Y a pesar de eso resulta pertinente en este contexto recordar, como ha hecho Min Wild en una reseña del libro de Wells, el símil de Goethe: “En 1824 Goethe comparó a Shakespeare con el Mont Blanc: si la montaña se alzara sobre una llanura no encontraríamos palabras para expresar nuestro asombro. Rodeada de otros picos su magnitud resulta más explicable”. Hasta aquí, pues, los matices son posibles y pueden ayudar a comprender la densidad espectacular del conjunto de su obra. El problema surge cuando unos y otros se ponen a especular sobre la identidad real de un autor cuyo talento parece no ser de este mundo. Borges expresó la peculiaridad del genio con una fórmula muy suya: “Nadie fue tantos hombres como este hombre”. En esencia, la pregunta es siempre la misma. Stephen Greenblatt la planteó recientemente en su Will in the World: How Shakespeare Became Shakespeare,enésimo intento de explicar al hombre detrás de la obra: “¿Cómo pudo un joven de provincias, sin recursos económicos, sin conexiones familiares y sin educación universitaria plantarse en Londres y en poquísimos años convertirse en el más grande dramaturgo no sólo de su época sino de todos los tiempos?”.
Para acabar de complicar las cosas estamos ante un creador que aparece despreocupado por la posteridad, un tipo que, en vida, se limita a publicar alguna cosa en verso. Añádase que la posibilidad de encontrar la respuesta al enigma en documentos biográficos parece remota: ni cartas, ni dietarios, ni comentarios de sus contemporáneos. Pruebas registrables de su nacimiento y muerte, de su matrimonio y del nacimiento de sus hijos, alguna transacción notarial y un testamento. Nada más. Cualquier biógrafo de Shakespeare sabe que si quiere escribir un libro interesante está obligado a demostrar su capacidad para la conjetura. A casi 400 años de su muerte relatar la vida del dramaturgo más conocido del mundo es mero ejercicio de especulación, un tour de force de la imaginación. Greenblatt, un referente del nuevo historicismo y con un admirable dominio del contexto, fracasó, creo, en el intento de hacer emerger el personaje detrás del texto.
Ponerse a escribir la biografía de Shakespeare requiere una rara combinación de virtudes: la pasión del erudito, la imaginación del novelista y la sensatez de no embarcarse en proyectos absurdamente ambiciosos. El intento reciente más logrado es, sin duda, el de James Shapiro en su 1599: A year in the life of William Shakespeare. La elección de 1599 no es casual. Shapiro lo considera un año decisivo en el desarrollo de Shakespeare como escritor. Un año fecundo en el que consigue completar dos dramas históricos, Enrique V y Julio César,una comedia, As You Like It,y preparar un primer borrador de Hamlet. Es también un año decisivo para el nuevo accionista que participa en el desmantelamiento de The Theatre para erigir con sus maderas la nueva sede de los Chamberlain´s Men, el célebre Globo a la orilla del Támesis. Es el punto de arranque para la consolidación definitiva de la compañía que, en un par de años, va a obtener el favor del rey Jaime, sucesor de Isabel I, y va a apodarse The King´s Men. El control de Shakespeare sobre la compañía aumenta con el traslado al Globo y queda claro que se produce un cierto giro del teatro de actor a favor del teatro de autor.
En muchos sentidos y visto retrospectivamente, 1599 aparece en la trayectoria de Shakespeare como su particular annus mirabilis.Shapiro retrata un autor que trabaja arduamente para perfeccionar su estilo y que, estimulado por la emergencia del género del ensayo personal, optimiza durante el año antes de Hamlet el potencial del soliloquio para dar intensidad emocional y sutileza psicológica al ritmo dramático.
La aportación de Shapiro, junto al vigor narrativo y a la apuesta por el corte sincrónico, parte de una convicción razonable que el autor expresa en estos términos: “Es tan complicado discutir las obras de Shakespeare aisladas de su época como pretender conocer su sociedad sin el beneficio de lo que revelan sus textos”. Así el relato de Shapiro muestra las interconexiones del pasado romano de Julio César con el presente isabelino, el ambiente angustiante, de final de régimen, que se vive alrededor de una reina muy mayor y que va a morir sin descendencia. Las intrigas del conde de Essex, enviado a sofocar las revueltas irlandesas, y su constante tensión con la reina ocupan un lugar central en el retrato de una sociedad marcada por la incertidumbre política y el rumor incesante de un nuevo intento de invasión de la armada española. Los centinelas inquietos y los preparativos ante ataques inminentes en las primeras escenas de Hamlet aparecen no tanto como necesarios para la trama sino como signo de los tiempos que corren en el Londres finisecular.
Shapiro no pretende escribir la biografía definitiva de Shakespeare pero su estudio memorable y minucioso (véase el denso ensayo bibliográfico que acompaña al libro) de un año en particular ilumina, cómo ningún otro, lo esencial de la personalidad del bardo en relación al contexto histórico que vivió y al desarrollo de sus facultades creativas. Hace unos años una película causó sensación presentando a un Shakespeare enamorado. Las fundadas especulaciones de 1599 descubren un Shakespeare creativo, laborioso y tenaz que responde a las presiones del momento. Y enamorado, por supuesto, de las palabras.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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