Los sonetos de amor de Shakespeare
28 septiembre 2009
Los Sonetos de Shakespeare representan la cima de la poesía lírica inglesa. Shakespeare lleva esta estrofa a las más altas cumbres de la expresividad poética. La obra está concebida como un rosario de sonetos de amor en el que todas las manifestaciones de este sentimiento están presentes. Son 154 Sonetos escritos probablemente después de muchos de los dramas. Se publican en 1609 por Thomas Thorpe en una edición que no se volvió a reeditar, aunque no se sepa por qué.
En aquel momento no existía el copyright, y una vez que el libro se registraba, el impresor era el dueño del manuscrito. De ahí que hubiera muchas ediciones piratas. La más conocida y que después influyó en las ediciones ulteriores es la de Benson, de 1640. De hecho, no se supo nada de los Sonetos hasta esta edición. Se producen modificaciones de la ortografía en las diversas ediciones e incluso estudios críticos sobre el orden en el que se publicaron los Sonetos. Parece una obra escrita para una persona concreta, cuya identidad se trata de ocultar. Los poemas llevan una dedicatoria a un tal Mr. W.H., “the only begetter of these ensuying sonnets”. El término es también ambiguo, porque begetter significa tanto ´inspirador´ como ´engendrador´.
Ninguno de los sonetos va titulado ni lleva fecha. Por tradición, se han distinguido cuatro apartados o grupos, según el tema y contenido de los sonetos: del 1 al 17 están dedicados a un joven bello al que se insta para que se case y tenga hijos. Es la perduración del amor en otro ser amado. Del 18 al 126 en los que se incluyen diferentes temas y situaciones. Están dirigidos también a un joven. Aquí la pasión amorosa adopta múltiples actitudes, rostros y tonos. Del 127 al 152 son los famosos sonetos dedicados a la “Dark Lady”, que no sabemos si de verdad era una mujer negra o si el adjetivo está utilizado de forma metafórica. En cualquier caso no se sabe la identidad de la dama en cuestión. El 153 y el 154 son dos sonetos clásicos y convencionales sobre Cupido.
La larga y perfeccionada tradición renacentista del soneto le sirve a Shakespeare de apoyo histórico y de modelo formal, pero es en la creación lingüística y en la subversión del tema amoroso donde radica su interés perdurable. Algunos de ellos anticipan ya el mundo metafísico y barroco de la incertidumbre y de la soledad. Nunca la monotonía o el esquema impuestos por el metro fijo logra ahogar el implacable brío léxico y la frescura del bardo de Stratford. El léxico nunca es complicado. Es la pasión desnuda y palpitante, el amor sin maquillaje, lo que convierte a este libro en un breviario o en un devocionario de amor para todos los individuos, épocas o circunstancias.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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