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Ha muerto Alicia de Larrocha, los amantes de la música clásica andan tristes

28 Septiembre 2009

Aquí la vemos hablando en un ensayo del primer concierto de Beethoven con Michael Tilson Thomas y Dudley Moore. Es apasionante su interacción. Con esa dulzura que tenía al hablar, y desde su inglés españolizado, uno nunca se imaginaría la rotundidad con la que ejecutaba a Beethoven.

La voz de la jungla… ¡la pasión!

Es el grito de la caverna. A veces nos pilla desprevenidos, desguarnecidos, con la razón callada y la voluntad adormecida. Es el aguijón de la pasión que clama por su propia eternidad (Nietzsche), y se manifiesta en el deseo aparentemente irrefrenable de robar el monedero de una tienda; de tomarse tres tabletas de chocolate, de una sentada, a las 3 de la madrugada; de saciar el apetito sexual salvajemente; de escribir una carta de venganza al jefe que nos humilló en público. Es el chillido del tucán, el rugido de la leona en celo… ¿Qué hemos de hacer? ¿Seguir el curso de ese Congo que arrastra media selva en su caudal y puede tener consecuencias devastadoras?

El instante de la pasión es incontrolable por la razón, ya que tiene por oficio el arte de desmandarse si no se le ha sometido a una previa conversación serena. Vamos con ejemplos. Si nos enfrentamos a un extraño que pretende robarnos las tarjetas de crédito, saldremos con dos puñaladas en la espalda y sin tarjetas de crédito si nuestros músculos no se han sometido previamente a un ejercicio riguroso. Si pretendemos participar en una competición de tiro con arco, seguro que no improvisaremos, que habremos ejercitado una disciplina que nos ayude al tino. Digamos que en el gimnasio se ejercita racionalmente la fuerza y su desarrollo.

Pero también ocurre en los asuntos del afecto. Una adolescente enamoradiza que entrega el corazón entero y todas las fibras de su sensibilidad al primer quinceañero, adolece de un vacío de razón y de control de su voluntad en sus relaciones.

A la pasión hay que someterla a una disciplina previa, no una disciplina de ritual militar exterior, como si la razón fuera una tirana insaciable. Es que el hombre, si quiere encontrar la paz, tiene que conseguir el equilibrio entre razón-voluntad-pasión. Si no lo consigue, se vuelve racionalista, desenfrenado o sin objetivo en la vida. Y ahí radica la urgencia de ser hombre.

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