¿Qué le ha pasado a Isabel Coixet?
28 septiembre 2009
La última película de isabel Coixet, “Mapa de los sonidos de Tokio”, nos cuenta la historia de Ryu, una chica que de noche trabaja en una lonja de pescado en Tokio y esporádicamente recibe encargos como asesina a sueldo. El señor Nagara es un poderoso empresario que llora la muerte de su hija Midori, que se ha suicidado, de la cual culpa a David, un español que posee un negocio de vinos en Tokio. Ishida, un empleado del señor Nagara que amaba a Midori en silencio, contrata a Ryu para que asesine a David. Un ingeniero de sonido, obsesionado con los sonidos de la ciudad japonesa y fascinado por Ryu, es el mudo testigo de esta historia de amor. Ha sido rodada íntegramente en inglés. El doblaje es patético, Sergi López suena al Torrente de Santiago Segura .
A Coixet tenemos que exigirle unos centímetros más cada vez que monta una película, como en el salto de altura. No nos vale la mediocridad, ya que sus trabajos anteriores están dotados, sin excepción, de muchas cualidades. La más hermosa de todas, quizá, sea la manera como describe el alma femenina y sus dolores escondidos. Y detrás de sus llagas siempre hay un margen para la luz. Es decir, a Coixet le gusta la descripción del dolor pero lo ofrece sin capacidad para emborronarlo todo. El dolor no es la última palabra del ser humano, la fisura de la esperanza tiene siempre su vislumbre.
Pero… ¿qué le ha pasado en “Mapa de los sonidos…”? Aparte de la fascinación por la ciudad, que dota de vulnerabilidad al guión por el exceso de ese primer plano omnipresente, en la protagonista femenina sólo existe una erosión sin salida, la nada absoluta, la sangre del pescado unida a la suya, no es nadie, no se comunica, no padece o sí padece, es que no es nada.
El amigo con el que pedí el par de entradas de los jueves, me dijo que cuando vas a ver una peli de Isabel Coixet sabes que no te vas a encontrar con Bigas Luna y su zafiedad a la hora de deletrear las pasiones humanas. Pero aquí, la humillación vil por la que pasa la japonesa está más que ilustrada. Entre las humillaciones y el disgusto del doblaje, el resultado flirtea con el aburrimiento
Yo creo firmemente en dejarnos contar las desesperaciones humanas porque, si se nos ofrecen de verdad, no sentimos náuseas o extenuación, sino que nos vemos transportados a la conmiseración, a la complicidad con la debilidad que todos compartimos. Pero cuando vamos viendo la degradación de Ryu y su conversión paulatina en mercancía, se nos hace difícil esa mirada en la que nos reconocemos los humanos.
Pero es que, además, se le notan las citas, o influencias o metareferencias a Won Kar Wai en la banda sonora y en la estética general. Qué bien hizo Sofia Coppola en regalarnos su “Lost in traslation” para encontrar una obra maestra reciente, allí se percibía la maestría al mostrar una ciudad sofocante, pero sólo como fondo, de una soledad compartida. El Tokio de Coixet le ha ganado el pulso a la historia, pesan más los sorbetones de los fideos y los grillos de la noche que esas almas ingrávidas, tan poco humanas.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


A pesar de no haber comentado contigo esta película, no muevo una sola coma de tu comentario. Estoy de acuerdo al 100% y yo añadiría además, ¿ quién dijo que Sergi López era un buen actor?