El impuesto más injusto
20 septiembre 2009
La verdad es que no anda el patio como para subir impuestos. La economía no se despierta. Y si no, echen un vistazo a su alrededor y comprueben cuántos comercios no han sido capaces de levantar el cierre después del verano. Los parados se han quedado en esa situación, el dinero no fluye y los bancos tachan a los clientes de ilusos cuando, con dos nóminas y un aval, van a pedir un crédito que hace unos años les habrían concedido en plena calle con el carnet del equipo de fútbol por toda documentación.

Pues en este patio es donde el presidente del Gobierno anunció que necesita 15.000 millones de euros más -son muchos- para sus cosas -será para tapar el agujero de 50.000 millones de euros que nos pesa como una losa-. Y que para lograr ascender a la estratosférica cuantía nos lo va a quitar de los bolsillos.
El Gobierno ha estado jugando con la población al divertido juego del “globo sonda”. Lanzo una noticia -un globo sonda- y veo cómo se la toma la población. Si a la población no le gusta, contradigo al que la dijo y cambio de parecer para tener contento al futuro votante.
Pero poco a poco se constata cuál es la realidad: todos los españoles vamos a pagar más porque el Gobierno cree firmemente -al menos los que quedan dentro del Gobierno- en que hay que gastar más. El dinero no se crea de la nada. Pero en nada, pasa de una mano -la nuestra- a otra -el Estado-.
Ya tenemos pistas: se va a tocar el IVA, el impuesto más injusto porque se aplica a todos por igual. Si un señor gana X y otro gana el doble pero a los dos les suben el precio de la leche por igual, le costará más, en proporción, pagar la leche al que gana X que al que gana el doble. No es el momento de subir impuestos y menos aún así.
María Solano, periodista


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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