La gripe A contagia a la economía
26 julio 2009
La gripe A no es grave, que nadie se preocupe. Los periodistas tenemos que andar con pies de plomo en asuntos de salud porque el morbo y la preocupación son una combinación demasiado peligrosa y el pánico crece más rápido que las malas hierbas en el césped recién cortado.
La mayoría de los que nos contagiemos este otoño -y seremos muchos-, superaremos la enfermedad como se superaban antes: con diez días guardando reposo, paracetamol para el dolor de cabeza y grandes dosis de aguante. Algunos, los menos, con complicaciones adicionales, pueden morir. Se calcula que la proporción será similar a la de los que pierden la vida por la gripe estacional, es decir, la normal, la de toda la vida.
Los que nos contagiemos dejaremos de ir a nuestros trabajos, con lo que dejaremos de producir durante unos días. Quizá en las empresas de algunos prefieran poner en cuarentena departamentos enteros para evitar la propagación. Y habrá tareas que incluso se vean limitadas si los contagios son masivos, como algunos servicios públicos, la atención médica o las emergencias.
Todo esto tiene un coste. Sin entrar en la complicada red de números que me ha llevado a dar una cifra cercana a los 8.000 millones de euros en el mejor de los casos, cabe plantearse si no habría sido mejor idea gastarse 600 euros en vacunar a toda la población, en vez de al 30%, como se decidió en España.
Sea como fuere, la gripe, que no es grave, va a contagiar a la economía en un momento en el que a nuestra economía sólo le faltaba eso, una gripe. Ya se sabe, la gripe se cura en el que no tiene una enfermedad de base, pero nuestras cifras demuestran que, en materia económica, tenemos una enfermedad de base -el déficit- y cada vez es más grave.
María Solano
Periodista


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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