“El gatopardo”, Giuseppe Tomasi di Lampedusa
26 julio 2009
De la mano del Príncipe de Salina, Don Fabrizio Corbera y su familia asistimos a los últimos coletazos de una sociedad y una época. Decadencia y renovación, vivimos el gran cambio de unificación italiana, las tropas del piamontés Giuseppe Garibaldi invaden la isla, mientras algunos permanecen pasivos a la espera de acontecimientos, los mas dúctiles mueven fichas sin cesar, de aquí proviene la famosa frase “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”.
Por su boca, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Príncipe de Lampedusa y Duque de Palma de Montechiaro, (Palermo 1896- Roma 1957) da las claves del mencionado cambio, comenzando en mayo de 1860 y terminando cincuenta años después, contado con tal lujo de detalles como si Lampedusa hubiera sido testigo ocular de los sucesos, un retrato hiperrealista de la isla y el carácter de sus habitantes.
Obra póstuma, nadie se interesó por su publicación hasta la muerte del autor, como el resto de sus libros, que son recopilaciones posteriores de escritos, estudios y conferencias. Luchino Visconti realizó la versión cinematográfica en 1963. “Il Gattopardo”, con un genial Burt Lancaster como el Principe de Salina, Alain Delon como el sobrino Tancredi, Claudia Cardinale como Angélica y la curiosidad de un jovencísimo Terence Hill –Trinidad- aún con su verdadero nombre Mario Girotti. Y la banda sonora de Nino Rota. Imprescindible.
En la vida de los Salina, el hecho de la fe cristiana no es más que una herencia que se arrastra con más desaire que interés. Por la tarde, los Salina siempre rezan el rosario, aunque después, el señor de la casa no tenga inconveniente en irse de putas y confesarse, como si fuera una costumbre aprendida, inamovible. Cuando alguien nuevo se acerca a su territorio, todos se desplazan hasta la capilla para entonar un Te Deum. Cuando un Salina muere, siempre es necesaria la presencia de un sacerdote cerca, de otra manera es imposible. Todo es asumido indeliberadamente. El emblema del gatopardo está por todas partes, pero no es más que una imagen que se pudre.
Hay dos momentos conmovedores. El primero es cuando don Fabrizio, el príncipe de los Salina, explica que no son los cambios de gobierno los necesarios para que se regenere un país, sino el carácter de la sociedad. Y es esa sociedad siciliana, perezosa, voluptuosa, orgullosa, más enamorada de los sueños que de la realidad, la que obstaculiza su propio crecimiento. Fabrizio denomina este mal como “la terrible insularidad de ánimo”. “No niego que algunos sicilianos transportados fiuera de la isla, logren librarse de esto; pero hay que hacerles marchar cuando son muy jóvenes. A los veinte años ya es tarde, se ha formado la corteza”. ”Pertenezco a ujna generación desgraciada, a caballo entre los viejos y los nuevos tiempos, y que se encuentra disgusto entre los unos y los otros. No tengo ilusiones”.
El segundo momento inolvidable es el encuentro en el palacio de Ponteleone. Allí bailan los jóvenes Tancredi y Angelica. Lampedusa, con cierto cinismo, describe la inmadurez del primer amor, las alegrías efímeras del que sólo disfruta el momento. ”Tancredi y Angelica ofrecían el espectáculo más patético de todos, el de dos jovencísimos enamorados que bailaban juntos, ciegos a los defectos recíprocos, sordos a las advertencias del destino, convencidos de que todo el camino de la vida será tan liso como el pavimento de aquel salón, actores ignaros a quiens un director de escena hace recitar el papel de Julieta y el de Romeo, ocultando la cripta y el veneno, ya previstos en el original”.
Mientras, Fabrizio busca la soledad en la biblioteca de la casa. Allí hay un cuadro denominado La muerte del Justo, en el que se ve a un anciano que se está muriendo. Fabrizio, con la bullanga de la música de fondo, sabe que más pronto o más tarde morirá, y sabe que no ha entregado su vida a nada valioso, sólo la define como pepitas mezcladas con tierra, pequeños momentos de satisfacción: “algún momento de pasión amorosa, la exaltación pública cuando recibió la medalla en la Sorbona, la delicada sensación de alguna finísima seda de corbata, el olor de algunos cueros macerados, el aspecto voluptuoso de algunas mujeres encontradas en la calle”.
Y nos preguntamos, ¿de verdad que pequeños momentos de satisfacción pueden justificar una vida plena? No parece. Fabrizio muere con la conciencia de una vida decadente, en la que el marco de la aristocracia sólo arropa una vida desilusionada.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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