“En el café de la juventud perdida”, Patrick Modiano
28 junio 2009
Acudí a “En el café de la juventud perdid a”, porque la revista Lire la consideró la mejor novela francesa del año 2007, y porque el autor está considerado uno de los mejores maestros vivos de la literatura francesa. Aquí, en España, la acogida de sus obras se acompaña siempre del halago, un halago tan unánime que apetecía devorar pronto su obra más significativa.
No me considero el tontainas que se lee lo que le recomiendan (juro que no entraré en los culebrones de Larsson, porque Silvia, la mejor de las libreras del centro de Madrid, me ha dicho: “¿qué quires que te diga?, es literatura para los que no leen y buscan sólo emociones), sino un buscador de canon propio, y en Modiano he encontado una decepción, no le volveré a dar la mitad del reino de mis horas y mis días.
El café Le Condé es un santuario parisino en el que se reúnen bohemios de los 60. Allí suele acudir una mujer extraña, misteriosa, solitaria. Está casada, pero anda cansada de todo, no sabe gozar de las cosas, lleva emborronado el lastre de una tristeza. En su adolescencia, la policía del barrio la detenía siempre por “vagancia de menor”. Es decir, porque recoría las calles de París con extravío. No es de extrañar, ya que su padre había desaparecido y su madre trabajaba de madrugada en el Moulin Rouge.
Los críticos han dicho que “En el café de la juventud perdida” hay una novela negra escondida, porque la chica desaparece. Lo que pasa es que el lector de novela negra, entre los que no me encuentro, busca una trama elaborada y un final tan desasosegante que obligue al vistazo atrás, para recuperar indicios que se le esfumaron. Aquí, sin embargo, se sabe que la chica en cuestión ha desaparecido porque se ha suicidado. Y de verdad que no he contado el final. ¡Patrick, si es que lo desvelas a mitad de la novela! Comenta la chica: “Más adelante, he sentido la misma embriaguez cada vez que he roto con alguien. No era de verdad yo misma más que mientras escapaba. No tengo más recuerdos buenos que los de huida o evasión”. ¡Como para no adivinar que al final le espera la huida irreparable!
Lo que más me interesaba era el mosaico de relaciones de los miembros del citado café, porque es en lo humano donde uno busca respuestas. Pero en ellos sólo hay nombres, no personajes. Nadie dice quién es, el lector no se siente interesado por los protagonistas de la obra porque ninguno tiene perfil, ni carne, ni interrogantes, son maniquíes de tienda de costura. Eso sí, París está delineada al milímetro, como si fuera una guía para turistas. ¿No será que Modiano ha querido interesarse por la descripción pormenorizada de las calles de su adolescencia y no se ha atrevido a ponerle cara a su gente de ficción?
Es indudablemente una obra menor. Hemingway, con dos pinceladas de brochazo grueso, dice más en sus novelas sobre la juentud perdida del París de entreguerras, que Modiano, al que sigo sin entender cómo se le quiere aupar hasta el Olimpio, que en él es artificial.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


¿No has leído nada más de Modiano, verdad?
Se nota.
Te has quedado en la anéctota; o en la superficie. Pero ni siquiera le has dado su significado verdadero a la anécdota.
O sea, aunque hayas leído “El café”, no has leído a Modiano.
Ni siquiera lo suficiente para que un sexto sentido te dijera que un libro de Modiano es una tesela del mosaico Modiano y hayas sentido deseos de ver entero el dibujo del mosaico.
Eres un lector de superficies tan leves que luego, en todo caso, cuando escribes, parece que te bañas en el azogue de tu espejo.