“Venganza tardía”, Ernst Jünger
14 Junio 2009
Tusquets acaba de publicar esta novela brevísima del gran Ernst Jünger. Es la historia de un niño que aprendió más durante el itinerario de camino a la escuela, de la mano de su abuelo, que en clase. El abuelo le iba enseñando poemas, le abría con alegría a la vida. “¿Acaso resulta sorprendente que ya estuviera agotado mucho antes de comenzar las clases?”.
La novela es la venganza de Jünger frente a los profesores sin vocación, muchas veces fracasados en su vida familiar, que elegían la carrera docente para ocultar su vida gris, y escogían como chivos expiatorios a los alumnos más frágiles.
Los verdaderos protagonistas de la obra son los libros que el niño lee. Robinson Crusoe, “Viaje al África tenebrosa” de Stanley y “Los bandidos” de Schiller. Los libros frente a la pedagogía negra de los profesores.
En los diarios de Jünger hay una definición del verdadero pedagogo: “El maestro nos llevó al patio de la escuela, nos dijo que nos sentáramos, luego nos enseñó las flores que allí crecían: el diente de león, el nomeolvides… hace mucho tiempo que he olvidado su nombre, el de las flores no”. Es la figura del intermediario perfecto.
A pesar de que uno de los libros favoritos de todo adolescente es el citado de Stanley, Jünger, en otro lugar, hará una crítica despiadada del famoso aventurero:
“Cartografiar un río o un territorio salvaje, suscitaba en mí antipatía. Stanley no era más que un reportero de prosaica mediocridad. El misterio del paisaje, el alma del hombre salvaje, la naturalrza de los animales en su singularidad y variedad, incluso los sentimientos del propio corazón en la lucha con un mundo hostil, todo esto apenas había sido levemente rozado por la descripción. Era como si un mecanismo de relojería hiubiera descendido al vasto Congo”.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


[...] A vinganza. Todas as grandes historias son vinganzas. Mesmo a Ulises non lle sae máis que vingarse dos deuses con astucia humana. E Han Solo? E Mad [...]