El valor de la caridad
14 junio 2009
La caridad no tiene precio, pero sí valor. La caridad no se paga, por eso es caridad, pero implica una serie de costes, es decir, de no existir, supondría un gasto a alguien. Por eso, el Estado y la sociedad tienen que ser conscientes de que las obras de caridad de la Iglesia, que la Iglesia no quiere ni debe cobrar, sí tienen un valor que ahorra mucho dinero.
La caridad de la Iglesia, el servicio que presta a los demás por amor a Dios, debería ser, al menos, tenido en cuenta por el Estado, no para darle dinero alguno a los fieles, sino, para no intentar destruir una estructura que le quita más de un quebradero de cabeza.
No destruir a la Iglesia incluye no promover leyes como la de libertad religiosa que, lo que intenta, es mermar la religiosidad en búsqueda de una mal entendida tolerancia, que en lugar de permitir que todos profesen su fe, intenta evitar que nadie la profese de manera pública.
No destruir a la Iglesia pasa también por decir la verdad sobre la campaña del IRPF que en estos días ultiman muchos españoles. No es verdad que el Estado sostenga a la Iglesia con el IRPF. Lo único que hace el Estado, en virtud de un acuerdo internacional suscrito entre España y la Santa Sede ya en democracia, es gestionar la recaudación de un dinero que el contribuyente da libre y voluntariamente la correspondiente casilla.
No destruir a la Iglesia pasa por no poner trabas y problemas en los borradores y las declaraciones que hace Hacienda para marcar la deseada casilla, que no implica pagar más, sino destinar un dinero a la Iglesia en lugar de a todo tipo de ONG, que incluye muchas buenas, como Manos Unidas, y muchas asociaciones con fines objetivamente no tan buenos o decididamente malos.
María Solano, periodista


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


este cosa esta muy larga que asco