El dolor se alivia con razones para vivir
14 junio 2009
En su “Interpretación del tango”, Ramón Gómez de la Serna cita a un inglés desconocido que denomina el baile argentino como una declaración de amor hecha con los pies.
El baile es quizá una de las artes menores que no levanta la voz para creerse grande y concita unanimidad en el espectador, que lo considera icono de la vitalidad.
Chesterton cuenta que se enamoró de su mujer porque leía con frecuencia la Biblia y bailaba maravillosamente. Hasta Nietzsche decía que no podía creer en un dios que no supiera bailar.
De ahí que los protocolos que nos hablan de muerte digna, suicidio asistido, facilitación de la muerte del enfermo, etc., lleven más ideología que carga genética.
Los hay que, como Montaigne, se tomaron en serio el discurso sobre el suicidio, “la muerte voluntaria es la más bella. La vida depende de la voluntad de otros, la muerte de la nuestra”. Aunque, en el fondo, el francés no se lo terminaba de creer. “No deja de ser ridícula la idea de desdeñar la vida, pues es nuestro ser y nuestro todo, al fin”.
La vida deja de ser grande no cuando se sufre, sino cuando se la deja precaria, sin sentido. Entonces uno es capaz de cualquier desatino. Y es precisamente en el momento en que el desasistido comienza a urdir un plan de fuga, cuando se hace imprescindible una ayuda, no una complicidad. El dolor se alivia con razones para vivir.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


Commentarios
¿Tiene algun comentario?