Diego Peretti: “Tengo una cara que demuestra preocupación todo el tiempo”
14 Junio 2009
Conocido por sus papeles de hombres angustiados, el actor argentino Diego Peretti es consciente de tener “una cara teatral o cinematográfica que demuestra preocupación todo el tiempo”, aunque sabe también que sin contradicciones, una historia no funciona.
“Cuando una historia tiene contradicción, es cuando tiene combustible para que funcione”, declaró Peretti a Efe en Madrid, donde hoy será homenajeado junto a la actriz Ángela Molina en la tercera Muestra de Cine Argentino (Argencine 09) por su trayectoria profesional en la cinematografía de los dos países.
Entre las herramientas para preparar personajes como el novio abandonado de “No sos vos, soy yo” (2002), están, además de las técnicas que aprendió en la escuela de actuación, su experiencia profesional como psiquiatra, que ejerció durante “seis o siete años”.
“No sé cómo sería sin haberlo hecho, pero, claro, eso se filtra”, explicó Peretti, que tras estudiar medicina, hizo los cuatro años de residencia en psiquiatría en un hospital para lograr la especialización y luego fue durante dos años jefe de residentes.
También la angustia es clave en su último papel, el creador acuciado por la falta de inspiración de “Música en espera”, película que protagoniza junto a Natalia Oreiro y que se proyectará en Argencine 09.
“Es una película buena. Tuvo buena repercusión de gente y muy, muy buena crítica, que para una comedia romántica en la Argentina es difícil”, dijo el actor, que explicó que el filme fue pensado para que se distribuyera también en España, pero que esos planes podrían verse afectados por la crisis.
Peretti, que acaba de rodar en España “Al final del camino” (2009), estrenada en abril pasado y dirigida por Roberto Santiago, no ve “gran diferencia” entre las cinematografías española y argentina.
“En cuanto a la calidad técnica, la creatividad y la pasión por lo que se hace, me sentí muy identificado. Tanto allá como acá se quiere contar un cuento bien”, dijo el actor, quien no lo dudaría ni un segundo si le llegara una oferta de trabajo de los directores españoles Alejandro Amenábar o Alex de la Iglesia.
“Son directores que tienen un cine más brutal, más humano”, apuntó el actor argentino, que aseguró que, cuando va al cine, lo que le gusta es “sentirse conmocionado” por la historia.
Tanto Amenábar como De la Iglesia gozan de gran popularidad en Argentina, al igual que Pedro Almodóvar, quien “hace mucho tiempo” que “allá es como Woody Allen”, pero, a juicio de Peretti, el cine español en Argentina no es tan popular como el argentino en España.
Aunque acaba de hacer en teatro “La muerte de un viajante”, de Arthur Miller, y no le importaría dar el paso a la dirección con una obra teatral “con pocos personajes”, todavía le gusta “mucho más la interpretación” y asegura preferir el cine al teatro.
“El teatro tiene una visión más física de los personajes y el cine puede escarbar más psicológicamente en su complejidad”, explicó Peretti, a quien también le gusta “lo que se vive en un set de filmación” y la posibilidad que da el cine para que “te puedas trasladar a otro lugar”. “El cine es como un circo ambulante”, aseguró.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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