Top

Cuarto centenario del nacimiento de Galileo Galilei

31 mayo 2009

La basílica de la Santa Cruz en Florencia, donde se encuentra la tumba de Galileo Galilei, se ha convertido en el escenario de la inauguración del congreso internacional “El caso Galileo, una relectura filosófica, teológica e histórica”.

La historia ha leído durante siglos el “Caso Galileo” con  incomprensiones y malentendidos, como si hubiera una enconada oposición entre la ciencia y la razón. ya que la fe no crece con el rechazo de la racionalidad sino que se integra en un horizonte de racionalidad más amplio.

Cuando la razón se separa de la fe, se da el riesgo de quedar reducida a un cálculo y a una exclusiva valoración de conflictos de intereses. De este modo, a menudo desconoce o permanece ciega ante los interrogantes vitales, los valores fundamentales y las dramáticas situaciones humanas. De ahí el conocido aserto de Chesterton de que un loco no es una persona privada de razón,sino privada de todo, todo, todo, menos la razón. Es decir que, con la sola razón, uno enloquece.

El diálogo entre fe y ciencia debe continuar. La naturaleza, sumamente compleja y, a veces, inédita de los problemas éticos, sociales y políticos suscitados por los rápidos desarrollos de la investigación científica y de las aplicaciones tecnológicas contemporáneas en el ámbito de un creciente proceso de globalización e interdependencia económica, exige la libertad interior y la buena voluntad de parte de todos, creyentes y no creyentes.

El caso Galileo

El proceso a Galileo Galilei fue intencionadamente ensalzado por el pensamiento ilustrado, que quiso hacer de aquel asunto el paradigma del comportamiento de la Iglesia frente a la ciencia. Desde entonces hasta nuestros días, este caso se ha propuesto como símbolo de la supuesta oposición de la Iglesia al progreso científico. Esa idea se fue hinchando lentamente con el tiempo, hasta que se hizo patente la necesidad de que la Iglesia lo abordara de nuevo para clarificarlo a fondo.

Juan Pablo II constituyó una comisión que se ocupó de estudiar el caso durante once años, en todos sus aspectos teológicos, históricos y culturales. Esa comisión investigó exhaustivamente lo que ocurrió, cómo se produjo el conflicto y cómo se desarrollaron los hechos.

Después de más de tres siglos y medio, las circunstancias han cambiado mucho y a nosotros nos parece evidente el error que cometieron la mayoría de los jueces de aquel tribunal. Pero en aquel momento el horizonte cultural era muy distinto al nuestro. Había una situación de transición en el campo de los conocimientos astronómicos.

Galileo defendía la teoría heliocéntrica de Copérnico (que situaba el Sol, no la Tierra, en el centro del Universo), una hipótesis que aún no había sido oficialmente reconocida por la comunidad científica de la época, por lo que Galileo no sólo se enfrentó a la Iglesia, sino también a la ciencia de su tiempo. Ciertos teólogos de aquella época, herederos de la concepción unitaria del mundo que se impuso por entonces, no supieron interpretar el significado profundo, no literal, de las Sagradas Escrituras cuando, en el libro del Génesis, se describe la estructura física del universo creado. Ese error les llevó a trasponer de forma indebida una cuestión de observación experimental al ámbito de la fe.

La verdad sobre la condena

Juan Pablo II reconoció la grandeza de Galileo, y lamentó profundamente los errores de aquellos teólogos. Aunque, siendo objetivos, hay que decir que en torno a estos sufrimientos se ha creado un gran mito. Según una amplia encuesta realizada por el Consejo de Europa entre estudiantes de ciencias de todo el continente, casi el 30% tienen el convencimiento de que Galileo fue quemado vivo en la hoguera por la Iglesia; y el 97% están seguros de que fue sometido a torturas.

Durante tres siglos,
pintores, escritores y científicos
han descrito con todo lujo de detalles
las mazmorras y torturas sufridas por Galileo
a causa de la cerrazón de la Iglesia.
Y en eso no hay nada de verdad.

Es indudable que Galileo sufrió mucho, pero la verdad histórica es que fue condenado sólo a formalem carcerem, una especie de reclusión domiciliaria. No pasó ni un día en la cárcel, ni sufrió ningún tipo de maltrato físico. No hubo por tanto mazmorras, ni torturas, ni hoguera.

También es incuestionable
que varios jueces se negaron
a suscribir la sentencia,
y que el Papa tampoco la firmó.

Galileo pudo seguir trabajando en su ciencia, siguió recibiendo visitas y publicando sus obras. Murió pacíficamente nueve años después, el 8 de enero de 1642 en su casa de Arcetri, cerca de Florencia. Viviani, que le acompañó durante su enfermedad, testimonia que murió con firmeza filosófica y cristiana, a los setenta y siete años de edad, en su cama, con indulgencia plenaria y la bendición del Papa.

Galileo vivió y murió
como creyente.

Compartir:
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Technorati
  • Digg
  • Sphinn
  • del.icio.us
  • Mixx

Commentarios

¿Tiene algun comentario?





Bottom