La ferocidad estalinista
11 mayo 2009
Siempre he estado de acuerdo con Sócrates cuando decía que la virtud de un joven descansa en no rebasar la mesura, ese lema clásico que se veía a cientos de metros de distancia en el frontispicio del templo de Delfos.
Por eso, no soy partidario de los maratones, sea cual sea la disciplina en la que se enmarquen. Lo mucho desbarata, always “less is more”. Aún recuerdo la imagen de aquella atleta que, en las Olimpiadas de Los Ángeles, cruzó la meta como una moribunda, arrastrándose a cuatro patas, el cuerpo apenas le obedecía y, en las gradas, el clamor emocionado y los aplausos.
Por eso, cuando me enteré de que en los Cines Cité de la zona Norte de Madrid se hacía un homenaje a Europa con un maratón ininterrumpido de películas, me apresuré a quitarme de la cabeza la opción de verlas todas. Por menos empacho, Don Quijote confundió la bacinilla de un barbero con un yelmo.
Pero como Jean Monnet, uno de los patriarcas fundadores de la Europa del siglo XX, había dicho que la construcción política del viejo continente debe comenzar por la cultura, me fui a hacer el debido homenaje con una película del polaco Andrzej Wajda, “Katyn”. Fue una experiencia apabullante.
No me cansan las películas sobre el Holocausto, en ellas siempre hay un patchwork de desgarros humanos que nos obligan a salir del cine dispuestos a hacer de la vida civil un lugar de decisiones responsables. Sin embargo, escasean las historias sobre la barbarie soviética, como si guardáramos un acuerdo tácito de no contar la molicie y ferocidad estalinista.
Wajda nos explica cómo en 1940 las tropas de la URSS se llevaron, sin asomo de explicación, a cientos de soldados e intelectuales polacos. Los encarcelaron y ejecutaron de manera sistemática, uno tras otro, con un tiro en la cabeza. Las tropas alemanas encontraron en 1943 las fosas comunes en los bosques de Katyn. Lo espeluznante es que la Unión Soviética siempre negó su responsabilidad en la masacre y culpó a los alemanes, algo que también obligó a hacer al gobierno polaco de la posguerra.
Hacen falta películas que hagan un repaso histórico de atrocidades que, en la memoria colectiva, disfrutan aún de un “habeas corpus” intolerable. En España, para el interesado, la editorial El Acantilado lleva años ofreciendo títulos imprescindibles de la literatura del Gulag. En la sala de cine sólo estábamos tres interesados: una polaca, su novio y yo. Trabamos amistad. A la salida habamos del futuro de Europa y nos contamos la vida.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


¿Pero quién firma este artículo? Lo leí hace unos días en un foro católico sin firma atribuible, aquí tampoco y, para colmo, hoy 14.05.09, lo leo en el semanario Alfa y Omega firmado por Javier Alonso Sandoica.