Monjas y sacerdotes inmigrantes atienden a los pueblos castellanos
10 mayo 2009
La despoblación de determinadas provincias y la falta de vocaciones ocasionan problemas de atención pastoral en algunas diócesis españolas. En concreto, la diócesis castellana de Ciudad Rodrigo ha precisado de sacerdotes y religiosas venidos de África y América, para continuar la labor parroquial de las zonas rurales, y para mantener abiertos algunos conventos. En este sentido, hay cuatro conventos de clausura en la diócesis de Ciudad Rodrigo que siguen habitados, aunque principalmente por monjas que han llegado de Perú, Méjico o Kenia.
Uno de los últimos nombramientos en esta sede salmantina ha sido el del sacerdote ruandés Jean Claude Bizimungu, a quien se le ha encomendado la atención de dos pueblos. Según Bizimungu, los habitantes de sendas localidades lo han recibido muy bien, sin mostrar preocupación por el color de su piel. Este párroco afirma que “la gente de campo tiene el corazón muy abierto”. Bizimungu ha llegado a la diócesis más pequeña de España, con un número total de 58 sacerdotes no jubilados. En esta diócesis, lo mismo que en otras, se necesita atender a muchos pueblos pequeños, a veces algo alejados entre sí. Por eso, algunos sacerdotes deben ocuparse de hasta media docena de parroquias.
En el convento de clausura de El Zarzoso viven únicamente siete monjas procedentes de la Tercera Orden Franciscana de Méjico. Llegaron hace trece años, y de no ser por ellas, el convento estaría cerrado ahora. En 1993 sólo había tres monjas muy mayores entre sus paredes. El obispo de Ciudad Rodrigo viajó a Méjico en 1992, y allí solicitó ayuda a las franciscanas, para que pudieran continuar con la vida del convento. Aunque resulte curioso, lo cierto es que estas religiosas mejicanas han recibido todo el legado de las anteriores inquilinas, de modo que incluso siguen la tradición española y ofrecen los mismos dulces que vendían sus predecesoras. Eso, sí, admiten que han incorporado nuevos productos, con recetas traídas de su país.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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