Las ciudades reventadas
22 marzo 2009
La capital tiene las tripas fuera, ha reventado en mil sitios y nos tiene a los madrileños con el gesto fruncido.
Pocas cosas hay tan desagradables para una ciudad como verla en la mesa de operaciones, con las cañerías fuera, el martillo neumático disparando su ráfaga y el atuendo de cercos y pasarelas improvisadas. Venecia, cuando se anega, es otra cosa. Las pasarelas son ocasión del milagro para una perspectiva nueva de la ciudad, que sigue intachable en su misterio, le venga el agua o le venga la primavera.
Pasa como cuando nieva, que la sal se arroja como ingrediente de apoyo y no estorba.
Pero no es así con las obras, la ciudad destripada es una geografía estalinista que dirige los itinerarios, por aquí, ahora por aquí, una vida ceñida a obligaciones, sin derechos. En Beijing, si quieres cruzar la inmensa avenida que separa la plaza de Tiananmen de la Ciudad Prohibida, presidida por la cara feliz de Mao, tienes que recorrer varios kilómetros para obedecer los imperativos urbanísticos. Los márgenes andan acotados por vallas imposibles de franquear. Eso sí, no hay una sola pintada en los bajos del metro, en los pasajes subterráneos, todo es tan pulcro como un sarcófago nuevo.
Madrid se ha ralentizado como la flecha de Zenón, que jamás podía llegar a su término porque en cada momento de desplazamiento estaba inmóvil. Eso, que vale para una filosífía de razón racionalista, nos está ocurriendo a los que pisamos la calle a diario. Metro y medio de anchura para un tramo improvisado, es una pared opresiva que impide el ritmo que la ciudad impone, y la lentitud desespera al oriundo.
Es verdad que estos comentarios huelen a la naftalina de los que ya empiezan a meter un dedo del pie en las aguas de la vejez, ya que a la vejez más que viruelas, quejas y reclamos. Pero una ciudad destripada queda afectada, y muy severamente, en su rostro, haciendo que su belleza sea menos firme. La semana pasada paseé por Londres, y del Big Ben a Trafalgar Square navega el detritus del cascote, y el paseante ocasional hace slalom de fila de aeropuerto hasta llegar a San Martin in the Fields.
Que ya, son quejas burdas del cosmopolita, el que en en cualquier ciudad se siente como en el vértice de una montaña y busca el lecho de flores del pavimento regado, el orden, el privilegio de ver el asfalto dócil.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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