La esfinge de Gizeh
22 marzo 2009
Al pobre Adam Zagajewski le hicieron un siete en la infancia, porque se la pasó con un atillo a la espalda, escapando de un lugar a otro. El escritor ucraniano nació en una ciudad anexionada por los alemanes durante su ocupación en tierras polacas. Posteriormente, con los acuerdos de Yalta, la ciudad cambió de color y quedó unida a la URSS, con lo que el pobre escritor padeció la hybris de los dos totalitarismos del siglo XX.
Cuenta en uno de sus libros que, cuando empezó a dar conferencias por la Europa Occidental, se quedó perplejo frente a nuestra desidia de convicciones y nuestro hartazgo de experiencias banales, pero eso sí, todos con un aspecto impecable y con el rostro broncíneo de haber pasado muchos fines de semana engolfados en el ocio. Relata en “Dos ciudades” la historia de un hombre que es internado en un campo de concentración. Allí su vida transcurre muy cerca de Dios, ya que es capaz de fijarse en cualquier cosa y reconstruir una totalidad, “en el campo creía en Dios con una fe tan pura…, las estrellas remolineaban en mi cabeza como monaguillos. Ahora mi fe se ha debilitado, pero en mis libros no lo reconozco”.
Lo dice porque en cuanto fue liberado, consagró su vida a pronunciar conferencias, a vivir de cara al entretenimiento exterior, dejando que su fe se debilitara, “la extraña e insidiosa erosión de la fe”. Erosión es un término feliz que refleja la muerte por inactividad, como la desmochada esfinge de Gizeh, incapaz de hacer frente al embate de los vientos por su inmovilidad.
Cuento todo esto porque el incauto que se pone ante el televisor, como recurso habitual, recuerda la inmovilidad de la esfinge y es pieza de fácil captura para la erosión. Uno de los programas que ha tenido más audiencia en la historia reciente de la televisión, ha sido la boda de la ex Gran Hermano británica Jade Goody que, con un cáncer terminal, está dispuesta a vender su muerte con tal de gozar de la presencia de una cámara.
La Sexta ha incorporado, en sus programas de call tv, a presentadoras en bikini para reclamar la atención de los noctámbulos, esas nuevas esfinges capaces de echar horas de ocio delante de programas basura que le van a sacar los cuartos.
El código moral de los incas se resumía en tres principios: no matarás, no robarás, no estarás ocioso. Vendría bien está pátina precolombina a muchos que abandonan su vida en manos de la erosión.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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