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“El poder y la gloria”, Graham Greene

22 Marzo 2009

Probablemente sea El poder y la gloria uno de esos libros de éxito de los años cincuenta que convendría recuperar. Sin lugar a dudas, la obra de Graham Greene entra dentro de esos clásicos contemporáneos que, lejos de haber quedado ahogado por la moda de unos años, es un texto que no envejece. Y es así porque el autor británico es, en primer lugar, un narrador, es decir, sabe contar.

De la siguiente manera lo ponía de manifiesto Miguel Delibes en una necrólógica que se publicaba en el ABC, el 4 de abril de 1991, el día después de la muerte del escritor británico: “Creo que Graham Greene era un novelista muy completo. Algunos le han identificado con la novela de espionaje o la novela policíaca, pero su obra va mucho más allá, más lejos como lo prueba una novela que me afectó mucho cuando era relativamente joven: El poder y la gloria. La tensión religiosa que había en el alma de Graham Greene nos la dio en esa novela. ¿Su aportación? La de cada escritor es singular, típica de su obra. Lo que sí tenía Greene es que contaba muy bien las cosas y quien sabe hacer eso es un buen novelista. Por último recordar que su obra es de ación, de una gran plasticidad. De ahí que su concomitancia con el cine sea tan clara”.

Y no cito al caso a Delibes al que considero otro de los grandes novelistas del XX. Sus novelas se publican en los mismos años con una enorme recepción por parte del público, aunque más restringido al ámbito hispano. La literatura del XX ha mostrado, en muchos casos un agotamiento narrativo, en otros un desgaste de las categorías narrativas fundamentales. Lo intuía Ortega en 1934 (Ideas sobre la novela) cuando decía “la prueba de que la decadencia actual no proviene de que las novelas del día sean torpes sino de razones más hondas, está en que conforme va siendo más difícil escribirlas van también pareciendo peores o menos buenas las famosas antiguas o “clásicas”. Son muy pocas las que se han salvado del naufragio en el aburrimiento del lector”.

 Pero, ¿qué es lo que hace que una novela naufrague en el aburrimiento del lector que es el peor de sus destinos? Dos años más tarde, en 1936, Walter Benjamin se atrevía a dar una razón: la desaparición del narrador: “El narrador no se hace presente en su actividad (…) Esta distancia se puede ver en una experiencia que es fácil observar todos los días. Cada vez es más raro encontrar personas que sepan contar una cosa como se debe y, a menudo, cunde el desconcierto cuando, en una reunión, existe alguien que expresa el deseo de oír contar una historia. Es como si estuviésemos privados de una facultad que parecía inalienable, la más cierta y segura de todas. La capacidad de intercambiar experiencias”.

A esta cita de Benjamin, Massimo Borguesi añadía, en su espléndido artículo “La narración recuperada” (Bologna, 2002), lo siguiente: “La disminución de la experiencia, de la vida como experiencia, hace obsoleta la narración, mejor, la hace imposible. El lenguaje desencarnado, aséptico debe solamente informar” Si el narrador desaparece – y no estoy defendiendo un narrador editorialista y consejero cansino – para hacerse informador, lo escrito dura lo que interesa la información: “Si el arte de narrar – de nuevo son palabras de Benjamín – es cada vez más extraño, la difusión de la información tiene en esto una razón decisiva. Todas las mañanas se informa de las novedades en todo el planeta y, a pesar de todo, echamos de menos historias singulares y significativas (…) La información tiene su compensación en el momento en que es nueva, debe darse totalmente a esa novedad y explicarse sin pérdida de tiempo. De una manera diferente, la narración no se consume, conserva su fuerza concentrada y puede desarrollarse mucho tiempo después”.

Resumiendo, lo que distingue el arte de la narración de la información es, en primer lugar, la permanencia en el tiempo; la narración no envejece. En segundo lugar la narración es tal cuando la presencia del narrador se hace presente en la composición de la obra, configurando un mundo de ficción desde una experiencia particular y universal del mundo. Y así sucede en la obra de Graham Greene, El poder y la gloria porque en ella se aúna la perdurabilidad de la obra y la presencia de una experiencia humana que hace posible un mundo imaginario. En estas dos condiciones reside además la buena acogida por parte de los lectores, a ellos se les ofrece así la posibilidad de recrear lo leído a la vez que recrearse ellos mismos.

Atendamos pues a la génesis de esta obra. El narrador se implica en la narración, Graham Greene viajó a México en 1938 y como resultado de su estancia escribe un libro de viajes: Los caminos sin ley. En este texto se acerca al modelo de reportaje pero desde el punto de vista personal y además atendiendo a la petición explícita de mostrar la cruenta persecución religiosa que se produjo en México durante esos años. Por otro lado, las citas preliminares que Grenee pone encabezando el texto son elocuentes. La primera de Edwin Muir es una denuncia por el desorden de una tierra donde todo está al revés: las colinas y las torres cabeza abajo y los caminos sin ley cubren todo el territorio. La segunda establece una comparación entre el hombre y la tierra, es como si fuese imposible mirar el mundo, la historia, los movimientos sociales sin atender a los que son sus protagonistas (”El hombre es como la tierra, su cabello crece como la hierba, sus venas son los ríos, su corazón la piedra”).

Por último, el texto más largo es uno del Cardenal Newman en el que se pregunta cómo se puede mirar la anchura y la profundidad del mundo y con ellas hasta los más recónditos movimientos del corazón de los hombres en una sociedad donde se niega a Dios. Y se contesta que desde que existe Dios, la carrera humana se convierte en una terrible y devastadora calamidad. Las tres citas y, especialmente la segunda, reclaman el relato y más vivo será éste cuánto más encarnado en una historia. Porque este libro de viajes por tierras de Chiapas y Tabasco, estudiado como precedente de la novela El poder y la gloria, revela, como ya señaló en su día Graham Smith, “el voraz hambre espiritual y la ansiosa necesidad de hallar la piedra de toque en ambas realidades, la personal y la de su mundo de ficción”.

Creo que en este comentario reside la clave de la extraordinaria popularidad de la novela que se apoya precisamente en la configuración de un mundo imaginario a partir de una experiencia de indagación y curiosidad, a la vez que de un anhelo de encarnar esta experiencia en un tiempo de ficción. Eso es, como decía la escritora norteamericana Flannery O’Connor escribir es una arte encarnatorio. Si narrar es “colocar en el tiempo”, yendo a otra de las definiciones de narración, sólo se puede colocar en el tiempo la experiencia temporal para ello se recurrirá a los personajes en quien se delega la capacidad de experimentar lo que se quiera, lo que se odia, lo que no se entiende, por lo que se está dispuesto a dar la vida o aquellos motivos por los que uno se rebela. Claro está que esta literatura no es un juego.

El narrador no nos da sólo información sino una historia ordenada después de haber elegido un espacio y un tiempo, el México de 1938. Construye una historia “encarnada”, por un lado los perseguidos – la gloria – que se reúnen en torno a la historia terrible y grandiosa de un sacerdote. En el otro lado, el gobierno mexicano que quiere borrar del mapa cualquier expresión religiosa – el poder – y se encarna en la voluntariosa persecución de un teniente del ejército. Además todo se ordena en torno al itinerario del protagonista que, escondiendo su identidad, viaja de noche por las regiones que Greene había visto. Huye del gobierno que ha expulsado a la Iglesia de la nación y, paradójicamente, recibe el apoyo de todo el pueblo que lo espera con verdadera expectación, incluso al precio de dar la propia vida. El poder está representado por el teniente que ansía cumplir su idea de justicia en una tierra donde ya no exista Dios, donde todo se someta al poder humano y sueña con acabar con el mal en el mundo. Muy al contrario, el “whisky-pater” se sabe pecador, conoce el dolor de la debilidad humana y del mundo pero sabe también que Otro se ha encarnado y ha muerto para que el dolor no se pierda.

Al personalizar el conflicto, el narrador logra darle una estructura de intriga. El protagonista está a punto de huir del país en la primera escena, sufrirá la tentación de renegar y traicionar su fe abrumado por el pecado, se rebela ante el sacrificio del pueblo por su causa. A lo largo de la novela en multitud de ocasiones el teniente y el pater están muy cerca pero no se ven, o se ven pero no se reconocen… Para dar al lector los términos de la persecución, el narrador sitúa a los dos personajes que centran el conflicto frente a dos personajes niños. Al sacerdote ante su hija, por lo tanto ante su pecado, pero también ante su pueblo y, sobre todo, ante una persona:

“- Te quiero. Soy tu padre, y te quiero. Trata de comprender eso.
La retuvo con fuerza por la muñeca; de pronto la niña se quedó inmóvil, mirándolo. Siguió diciendo:
- Daría mi vida; no, es más, daría mi alma…. Querida, querida, trata de comprender que eres…, tan importante.
Esa era la diferencia, siempre lo había sabido, entre su fe y la de ellos, los dirigentes políticos del pueblo, que sólo se interesaban por cosas como el Estado, la República; esta criatura era más importante que todo un continente”.

Para describir al teniente, asistimos a una escena en donde un niño mira fascinado el poder del teniente, el narrador omnisciente se introduce en la mente del personaje para darnos el origen de la idea por la que lucha:
“El interés le quitaba el habla. Con una mano en la funda de la pistola, el teniente contemplaba esos ojos negros, atentos y pacientes; por ellos luchaba. Eliminaría de su infancia todo lo que lo había hecho a él desgraciado; todo lo que fuera pobre, supersticioso, corrupto. No merecían nada menos que la verdad; un universo vacío y un mundo que se enfriaba; el derecho de ser felices de cualquier modo que se les antojara. Estaba perfectamente dispuesto a hacer una carnicería por ellos; primero con la Iglesia, y luego con los extranjeros, y luego con los políticos; hasta su propio jefe tendría que aparecer algún día. Quería reconstruir el mundo, con ellos en medio de un desierto”.

La utopía violenta del teniente se opone al amor concreto del cura y con ellos iremos recorriendo las tierras de Tabasco y Chiapas a través de una intriga excepcional, mucho más rica de lo apenas sugerido aquí, porque el autor no ha querido renunciar a su vocación, la de crear un mundo que se pueda ver, oler, sentir, gustar y tocar y con él conocer, gozar, sufrir y esperar… en definitiva no ha renunciado a contar.

Guadalupe Arbona Abascal

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