El Espacio Europeo de Educación Superior, a examen
22 Marzo 2009
Varios años llevamos asistiendo a controversias relativas al denominado proceso de Bolonia, pero las cosas parecen estar ahora agudizándose, quizá de cara a dos celebraciones clave. La primera se produce este mismo año, cuando se cumplen ya diez desde que el proceso se inició. La segunda tendrá lugar en 2010, fecha establecida por sus iniciadores para ver felizmente cumplimentado, o, si se prefiere, oficialmente inaugurado el Espacio Europeo de Educación Superior.
En teoría, a partir del año próximo tal “espacio común” tendría que ser ya una dichosa realidad, que pusiera fin a las fronteras universitarias que separan entre sí a los países europeos, sino desde la creación misma de la universidad, hace casi diez siglos, sí por lo menos a partir del siglo XVIII, cuando el peso de los nacionalismos va a incrustarse de modo progresivo en la vida universitaria.
Dejemos aparte, por el momento, cuanto de literatura haya en todo este movimiento que bien pudiéramos catalogar de contemporánea cruzada, con aguerridos impulsores por un lado y beligerantes huestes de protesta y de boicot por el otro. En ambos grupos se incluyen tanto profesores como alumnos. Estos últimos, por comprensibles razones, se alinean más bien en el bando contestatario. Pero las protestas de algunos profesores no son menos incendiarias que las de los alumnos.
Este de Bolonia es un tema que, ostensiblemente, se ha desbocado. Por las prisas de unos, los retrasos de otros, los apuros financieros y la falta de reflexión de los políticos, palos de ciego en materia de planes de estudio, casi absoluta falta de información competente, un tratamiento uniformista de situaciones que hubieran requerido un tratamiento individualizado; por estas y por muchas otras razones, lo que debería haber sido una excelente oportunidad de reflexión sobre el presente y el futuro de la universidad en Europa, se ha convertido en una trifulca desnortada y a veces casi barriobajera que se va a prolongar aún más en los próximos meses, azuzada por la crisis y el desempleo. Hasta los alumnos de instituto traman ya en algunos puntos del país reuniones de concienciación y de airada protesta sin saber a ciencia cierta de qué demonios se habla.
Nadie o casi nadie se acuerda ya de cuáles eran los objetivos que se pretendían, ni de las acciones que se consideraban importantes para una apertura real del espacio universitario europeo. Estas acciones eran simplemente cuatro, a saber: una estructura compartida de estudios y titulaciones; la posible existencia de titulaciones conjuntas, acordadas libremente por dos o más universidades europeas; el llamado “suplemento europeo al diploma”, que no es otra cosa que un certificado veraz de lo que realmente ha estudiado cada alumno en cada carrera, con qué objetivos y de qué modo; y el “sistema europeo de transferencia de créditos”, es decir, unificación de los criterios a la hora de expresar las calificaciones, de tal modo que lo que se ha estudiado en un país, o en una universidad, pueda entenderse y ser convalidado en otro o en otra. Nada menos que todo esto, pero tampoco nada más. Lo cual resulta bastante racional y digno de alcanzarse.
¿A qué viene todo el revuelo que se ha creado? Bajo la capa de Bolonia se están colando intencionalidades tales como la privatización de la universidad pública, el sometimiento de la universidad a la empresa capitalista, los obstáculos crecientes a los alumnos de pocos recursos económicos, la eliminación de contenidos científicos y su sustitución por un didactismo o un pedagogismo impresentables, la conversión de los estudios universitarios en pura formación profesional, la desaparición de las humanidades, etc., etc. ¿En qué medida el proceso de Bolonia implica todas estas cosas, o algunas de ellas? Si realmente fuera así, habría razones para detenerlo y repensarlo en profundidad.
Pero cuidado: también podría ocurrir que existan grupos y personas interesadas en que, al amparo de Bolonia, se produzcan algunas de estas cosas o sus contrarias. No se trataría sólo de falta de información, sino de abierta desinformación. En cualquier caso, parece claro que son muchas las cosas que se han hecho mal y que convendrá rectificar lo antes posible, aun a riesgo de que nos den las uvas del 2010 sin haber hecho los deberes.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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