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Cuando el maquillaje es protagonista

22 Febrero 2009

Qué va, no es tan buena película, ni mucho menos, es larga y rociada de tópicos. El protagonista de “El curioso caso de Benjamín Button” no tenemos que buscarlo en el cuadro de actores, ni siquiera en el siempre acertadísimo Fincher (aquí muy menguado para lo que nos propuso en “Zodiac” y “Seven”) sino en el baúl de las categorías secundarias. El protagonista es el maquillaje.

Todavía conservo, en alguna de mis retinas neuronales, una frase de mi siempre admirado Alejandro Sawa que me afectó poderosamente, “arranco una hoja del calendario de la pared y me quedo absolutamente asombrado de la tranquilidad mecánica con la que realizo este hecho terrible”.

El paso del tiempo a todos nos afecta, es así, terrible, latente, como un tiburón al que no vemos en alta mar pero que, mientras nadamos, sabemos que en cualquier momento mostrará el hacha de su aleta. En la última película de la pareja de productores Marshall-Kennedy, alimentados a los pechos de Spielberg, el paso del tiempo se convierte en el morbazo que el espectador adquiere al paso del metraje para ver a un Pitt lampiño y a una Blanchet achacosa. Nada más.

No hay una reflexión seria sobre el hecho de vivir y morir, tan sólo cromos de amaneceres, barcos de lujo y chicos monos. Fincher nos aturde de sensaciones y escenas rodadas con el objeto de coleccionar estatuillas. ¡No vale, David!

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