Cuando el maquillaje es protagonista
22 Febrero 2009
Qué va, no es tan buena película, ni mucho menos, es larga y rociada de tópicos. El protagonista de “El curioso caso de Benjamín Button” no tenemos que buscarlo en el cuadro de actores, ni siquiera en el siempre acertadísimo Fincher (aquí muy menguado para lo que nos propuso en “Zodiac” y “Seven”) sino en el baúl de las categorías secundarias. El protagonista es el maquillaje.
Todavía conservo, en alguna de mis retinas neuronales, una frase de mi siempre admirado Alejandro Sawa que me afectó poderosamente, “arranco una hoja del calendario de la pared y me quedo absolutamente asombrado de la tranquilidad mecánica con la que realizo este hecho terrible”.
El paso del tiempo a todos nos afecta, es así, terrible, latente, como un tiburón al que no vemos en alta mar pero que, mientras nadamos, sabemos que en cualquier momento mostrará el hacha de su aleta. En la última película de la pareja de productores Marshall-Kennedy, alimentados a los pechos de Spielberg, el paso del tiempo se convierte en el morbazo que el espectador adquiere al paso del metraje para ver a un Pitt lampiño y a una Blanchet achacosa. Nada más.
No hay una reflexión seria sobre el hecho de vivir y morir, tan sólo cromos de amaneceres, barcos de lujo y chicos monos. Fincher nos aturde de sensaciones y escenas rodadas con el objeto de coleccionar estatuillas. ¡No vale, David!


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Los zurbaranes de Sevilla han conseguido dejar el tiempo desabotonado, en suspenso. Los chinos dicen que ven la hora en los ojos de los gatos. Baudelaire escribió que cuando se inclinaba sobre aquella mujer que le inspiraba sus mejores versos, y la miraba fijamente a los ojos, veía con claridad la hora, “constantemente la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos y segundos”, y es que cuando uno está con quien ama, al tiempo no le salen grumos. La mirada del espectador de Zurbarán tiene mucho de un estatismo que no desaloja de la realidad, sino que hace descubrir a Dios en los mundos y submundos cotidianos.
Claro, un museo que te recibe con tres patios abiertos (el del aljibe es de ensueño) y con sus silenciosos claustros, sólo interrumpidos por el gorgoteo del agua, insinúa que te espera un recorrido de honda experiencia religiosa.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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