“La conciencia de Zeno”, Italo Svevo
22 diciembre 2008
Publicada en 1923, La conciencia de Zeno es una de las obras cumbre de la narrativa del siglo XX. Apreciada en su época por una minoría, fue James Joyce, amigo íntimo de Italo Svevo, quien subrayó por primera vez la extraordinaria calidad de esta obra, hoy mítica, referencia ineludible para entender la evolución de la novela moderna.
Svevo nos presenta aquí, de un modo innovador y desconcertante, la historia de Zeno Cosini, un hombre de negocios torpe y tristón, adúltero y, sobre todo, empedernido adicto a la nicotina. Para intentar dejar de fumar, su psicoanalista le recomienda que escriba sus memorias, cuyo resultado es este maravilloso libro -”una gran comedia psicológica”, como la definió Eugenio Montale. A lo largo de estas páginas, Zeno lleva a cabo un ambiguo ejercicio de racionalización de su experiencia y, poco a poco, nos introduce en los espejismos, las falsedades y las contradicciones de su biografía.
Pobre Zeno. Es lo mejor que podemos decir de él. Pobre. Zeno levanta conmiseración en el lector a cada página. Quiere dejar de fumar pero no sabe, no conoce el andamiaje de la voluntad. “Hoy, 2 de febrero de 1886, paso de los estudios de derecho a los de química. ¡Último cigarrillo! Era un último cigarrillo muy importante. Recuerdo todas las esperanzas que lo acompañaron”. Zeno sabe que decir “el último cigarrillo” lleva en sí el sabor del sentimiento de la victoria, pero al tiempo el cigarrillo más intenso es siempre el último, con lo que vuelve a enganchar de una forma extraordinaria. “Ahora que soy viejo y nadie me exije nada, sigo pasando del cigarrillo al propósito y del propósito al cigarrillo”.
Triste. Se conserva una caricatura realizada por el mismo Svevo en el que se le ve en el extremo de un pastel, fumando y tocado con un gorro de payaso. Hay una leyenda que rodea a la tarta: “Último cigarrillo, dicen que seré pronto papá, y que si no doy buen ejemplo a mi hijo, acabará convirtiéndose en un payaso, como yo”.
Zeno asiste al momento final de la muerte de su padre. Éste le propina un sonoro bofetón antes de abandonar este mundo, porque el médico había obligado al paciente a permanecer tumbado, y éste no quería. Las culpas se las lleva el hijo, y se lleva además una herida en la cara y el dolor de que las últimas palabras del padre hayan sido un acto de violencia.
Se casa con la tercera de las hermanas de una familia, lo hace por el rechazo de la primera y la indiferencia de la segunda. Pero su capacidad de enamoramiento es palúdica, en él siempre falta el flechazo, sólo asoma la convicción de que debe casarse, nada más. “Esa primera vez, miré a Ada con un solo deseo: el de enamorarme de ella, porque tenía que pasar por eso para casarme con ella. Pero me apresté a ello con esa energía que siempre dedico a mis prácticas higiénicas”. Zeno soñaba con la victoria en lugar de con el amor.
Pobre Zeno. Zeno se osesiona con todo y cualquier cosa lo debilita. Una vez le contó un amigo que cuando se camina, de un paso a otro no se supera el medio segundo, y que en ese lapso se mueven 54 músculos. “Aquello me asombró y al instante pensé en mis piernas, y busqué en ellas esa máquina monstruosa. Salí de aquel café cojeando. Aún hoy, cuando escribo esto, si alguien me mira, cuando me muevo, los 54 movimientos se obstaculizan unos a otros y estoy a punto de caer”.
Pobre Zeno, él sabe que lleva grabado el estigma del vencido. Y tiene una amante, pero no la desea, él quiere a su mujer, lo que no sabe es dejarla, ¿qué decirle?, ¿cómo hacerlo? Los únicos vínculos que le ligaban a su amante son mostrarse afectuoso para que la amante no se llevara un disgusto. Y como siempre, comienza su retahila de propósitos, no verla nunca más. Al final, ella acaba por abandonarlo. Zeno, sorprendido, en vez de resignarse o sentirse al fin liberado, arroja su humillación de “rechazado” en los brazos de prostitutas.
Zeno vive en un estado de “noluntas”, ese término que usara el filósofo Shopnehauer y que es antinómico a la ”voluntas”. La lectura de esta novela es apasionante. Al final, el mismo Zeno pega un corte de mangas a la psicología profunda de Freud, que uniformiza todas las neurosis con el tan cacareado complejo de Edipo. Svevo nos enseña que el hombre es mucho más complejo que una teoría empequeñecedora.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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