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El director Manuel de Oliveira cumple 100 años

22 diciembre 2008

La semana pasada, el día 11, Manoel de Oliveira cumplió 100 años, y sigue haciendo cine. Además de felicitarle y felicitarnos por esta efémérides, poco nuevo puede decirse de este grande del cine, que sigue haciendo películas más bien pequeñas (de producción), que llegan al corazón de los asuntos (más bien grandes) con los que se enfrenta. Reproducimos fragmentos de una entrevista concedida recientemente con motivo del esterno de su última película.

¿Cómo se le ocurrió la idea de Belle Toujours?
De una forma inesperada; por supuesto, lo primero que tenía en mente era rendir homenaje a Luis Buñuel. Lo importante era el cómo. Decidí reunir a los dos protagonistas de Belle de Jour, la película de Buñuel, 40 años después, con el pretexto de que él tiene un secreto que ella estará ansiosa por descubrir. Una excusa para explorar los recuerdos, las fantasías y frustraciones de los dos personajes. Y del ser humano que, como animal, se deja llevar por los instintos.

¿Conoció a Buñuel?
Conocí a sus hijos en México, son muy agradables. Pero a él, no. Una vez coincidí en una cena con una de sus amigas, que era corresponsal de un periódico en París. Al acabar, me dijo que se iba a ver a Buñuel y le expresé mi gran deseo de acompañarla y conocerlo. Me dijo que ni yo hablaba español ni él buen francés y que, además, estaba casi sordo. No hubo encuentro y creo que fue mejor así, porque seguramente me habría quedado petrificado sin saber qué decir.

¿Qué le interesa tanto en Buñuel?
Para mí hay cuatro figuras cumbre en el cine: Carl Theodor Dreyer, Orson Welles, John Ford y Charlie Chaplin. La razón es que respetan la deontología que debe regir en el cine y que poseen visiones profundamente morales. Lo que sucede es que me siento más cerca de Buñuel porque, como yo, es ibérico, menos frío; Buñuel mostró como nadie el deseo, la perversión y la crueldad del hombre… Los instintos más bajos y los más elevados, pero no olvidaba la moral. Por eso sentía desprecio por la burguesía, porque es una clase que se saltaba la moral. He reflexionado mucho sobre Buñuel. Mostró la condición humana en todas sus caras de la forma más elegante, sutil e irónica que se pueda concebir. Afirmaba que no creía en Dios porque sentía horror ante la crueldad humana. No entendía que un buen dios pudiera permitir tanta crueldad, pero, aunque se declaraba ateo, sí que creía en el misterio de la vida, en el misterio del ser humano… quizá en el misterio de Dios. Y pienso que eso es lo esencial.

Imagino que el cine de hoy, lleno de obviedad, sexo y violencia gratuita, no es el suyo…
Hoy, todo está permitido, pero sin gracia. Creo que incluso el cine es cruel con los actores. Se ha olvidado que hay una ética, una elegancia, un sentido moral que diferencia al ser humano de otras criaturas. Pero el único límite que rige en el cine es la ley de la audiencia. Éste es un siglo ciego, donde sólo se sabe trabajar para ganar más dinero. El dinero está por encima de la vida humana.

¿Tiene usted algo de surrealista?
No, yo no soy nada surrealista. Soy un racionalista intuitivo. Tampoco soy un especialista de nada ni un historiador ni un filósofo. Hago cine por intuición y por pura necesidad vital.

Y sus fantasmas, lo que sueña, ¿lo traslada al cine?
No sólo utilizo lo que vivo… bueno, sólo una parte ínfima de la vida, porque la vida es inmensa, como la historia o la memoria; algo insondable. Los directores de cine, los artistas, no somos creadores, sino recreadores, porque tomamos de la vida las cosas que nos emocionan. Yo no tengo fantasmas. Como le digo, soy intuitivo y las cosas que me impresionan y se quedan dentro de mí tengo ganas de reproducirlas. Creo que el cine se remonta al teatro. Uno ve en la calle dos amigos que hablan de algo y si ese diálogo se mete en las entrañas, a uno le queda la necesidad urgente de contarlo a los demás. Cuando uno lo cuenta a los demás, se convierte en un artista.

¿Tiene el cine un objetivo?
No entiendo el cine como vehículo de propaganda política ni social, incluso si se ambienta en un determinado momento histórico-social. La propaganda la hace el hombre, no el cine. Un fascista hará un filme fascista; un católico, uno de propaganda católica. Pero un verdadero artista se deja llevar por lo que Spinoza escribió: «El impulso que viene de fuera te llevará a realizar lo que sientes». El artista tiene una única obligación: ser sincero e independiente del momento político que le haya tocado vivir. Hay una expresión que utilizo con frecuencia: «No soy un cineasta político, aunque mis filmes puedan serlo. Soy un cineasta que expresa algo de las profundidades del alma humana». Para mí, el cine es sólo un vehículo para humanizar a los hombres, para recordarles lo que son y su condición.

¿Por qué dice usted que el cine es la reunión de todas las artes?
Lo que sostengo es que la literatura y las bellas artes son las principales. El cine pertenece a las bellas artes, pero, aunque en su esencia reúne a todas, no es el más importante. Para mí, la literatura, que ha sido una gran inspiración de mi cine, es el primer arte, el más especial, porque a través de ella se puede hablar de todos los aspectos de la vida. Hay una historia muy fina e interesante sobre un profesor que va a ver a su alumno al colegio mayor porque se duerme en su clase. Al abrir la puerta, se encuentra todo su cuarto forrado de libros y le comenta: «Ahora sé por qué usted se duerme en mi clase». Y el alumno le responde: «Leyendo, jamás me encuentro solo». Para mí, un libro es el mejor compañero. Yo siempre llevo uno en el bolsillo. La literatura es el primer arte; el teatro, el segundo, y el cine, el tercero.

Su amor al cine comenzó con su padre, y su primera película fue muda. ¿Cree que la fascinación de entonces se ha perdido?
Recuerdo la enorme alegría que sentía yendo con mi padre al cine; era como un ritual porque era un gran aficionado a Charlie Chaplin y Max Linder. Mi atracción por el cine es instintiva, la llevaba dentro. Del mismo modo que hemos nacido con el deseo y el hambre, todos nacemos con una obsesión o una imposición genética y la mía, mi necesidad vital, era y es el cine. En realidad, el cine nació en nuestros sueños mucho antes de 1895. El cine mudo era lo más parecido a los sueños, un universo sin voz, pero con imágenes. Sus comienzos tenían mucho de onírico; sin embargo, para verlo, debemos abrir los ojos. Con el sonido y el color, el cine abandona la esfera del sueño para encontrar la realidad, para aproximarse a la vida.

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