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El acontecimiento cristiano en la literatura contemporánea (XIII)

22 diciembre 2008

Pero para alcanzar la posibilidad de Dios, hay que vencer la tentación de la ironía, esa solución que encuentra el lobo estepario para dar cuerda a su existencia.

Siempre me ha parecido el colmo del despropósito, la inscripción, tan cínica y juguetona, que está escrita en la lápida de la tumba de Marcel Duchamp: “Por otra parte, siempre se mueren los otros”. No Marcel, eres tú quien ha muerto, admítelo, si es que te quedan palabras en la boca. La ironía mata la eterna pregunta. Y la literatura que presenta la ironía como actor principal, mata el corazón, dejándolo desasistido, confundido.

Del catalán Enrique Vila-Matas es muy difícil ajustarse a una crítica al uso. Lo digo porque es un consumado maestro de la ironía y de escabullirse de la mirada ajena, y más proteico que los personajes que creó Pessoa. “¿Qué vemos cuando creemos ver algo de verdad? Yo diría que cuando esto ocurre, cuando parece que nos encontramos ante lo real, estamos más que autorizados para ironizar sobre la realidad, aunque sólo sea para conjurar la posible aparición casual de lo que es realmente real y de ese muro que nos dejaría sin ironía, desmayados”. “La ironía es la forma más alta de la sinceridad”.

“Creí advertir de pronto, bajando aquellas escaleras, esa necesidad que tenía de las palabras y también la de que éstas pudieran resultarme útiles para distanciarme del mundo real. Seguramente empecé a hacerme escritor en aquellas escaleras”.

No me lo creo. No me creo al Vila-Matas que se esconde detrás de tanta hojarasca. La ironía puede funcionar como estrategia literaria, pero no como principio.

El mejor antídoto contra la ironía es la lectura de las Cartas a un joven poeta que escribiera Rainer María Rilke. En aquella relación epistolar con un joven entusiasmado por la vocación literaria, que se desconoce si fue una correspondencia imaginaria o no, el maestro no se dedica a explicarle fundamentos de técnica literaria, no le facilita recetas, sólo principios para su crecimiento personal. Y por eso, entre otras advertencias, le aconseja no dejarse dominar por la ironía, “si teme la creciente intimidad con ella, vuelva entonces a los temas grandes y serios; ante estos se torna pequeña e inerme. Busque lo profundo de las cosas: hasta allí nunca desciende la ironía”.

Y prosigue: “No hay ninguna medida de tiempo. Un año no cuenta y diez años nada son. Ser artista es no calcular y no contar; crecer como el árbol, que no apura sus savias sin la angustia de que no pueda llegar un verano más. Llega, sin embargo. Pero sólo llega para los que tienen paciencia y viven despreocupados y tranquilos como si ante ellos se extendiera la eternidad”. Le dice que sea bueno con los que se rezagan e indulgente con los hombres que envejecen. “Pregúntese, estimado Kappus, si realmente ha perdido a Dios. ¿No será más bien que nunca lo ha poseído? ¿Cree usted que quien en verdad lo tenga, puede perderlo como una piedrecilla, o no piensa usted, como yo, que quien lo tuviera podría ser perdido sólo por Él?”.

Y finaliza recomendándole intimidad con lo que es difícil, porque todo lo viviente tiende a ello. Estar solo, es bueno, porque la soledad es difícil, y amar es bueno, porque el amor es difícil.

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