Los límites infranqueables de la libertad
21 diciembre 2008
A lo largo de la historia el hombre ha librado innumerables batallas, ondeando en sus manos la bandera de la libertad, hoy nos preguntamos si en realidad la hemos conquistado, y en tal caso, ¿por qué no nos sentimos libres? ¿Dónde está esa libertad?
La libertad interior humana no tiene fronteras, ni momento histórico, ni tampoco medida física, y es que, el hombre, aún incluso privado de su libertad exterior o de movimiento, encuentra un profundo y apasionante camino, el que le brinda su libertad interior, mucho más rico y saciante, libertad que no podrá serle arrebatada, jamás podrá ser torturada, ni aniquilada, porque esa libertad está en el corazón del hombre, en lo más hondo de su alma, de un alma que es inmortal.
Decía Edith Steín, que “el hombre está llamado a vivir en su interior y a ser tan dueño de sí mismo como únicamente puede serlo desde allí; solo desde allí es posible un trato auténticamente humano aun con el mundo; solo desde allí puede hallar el hombre el lugar que en el mundo le corresponde…el hombre ha sido construido dueño de ese reino suyo íntimo; puede mandar en él con entera libertad; pero también le incumbe el deber de guardarle como tesoro precioso que le ha sido confiado…, la misteriosa grandeza de la libertad personal estriba en que Dios mismo se detiene ante ella y la respeta”.
El prestigioso psiquiatra y neurólogo Viktor Frankl, tras sus tres años como prisionero en los campos de concentración de Auschwitz, Dachau y otros, habiendo pactado consigo mismo desde su primera noche en el lager no “lanzarse contra las alambradas”, como método mas frecuente de suicidio, consciente del destructivo conflicto mental y las luchas de voluntad a las que se enfrenta un hombre hambriento, incluso, en aquellos crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física decía, que el hombre podía conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, ya que a este se le puede arrebatar todo menos “la última de las libertades humanas-la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino”, actitud que en todo caso nace desde el interior. Y es que, las experiencias de la vida en un campo demostraban que a diario el hombre mantenía su capacidad de elección, porque el hombre “incluso en esas circunstancias es capaz de conservar la dignidad de seguir sintiendo como un ser humano”.
La misma Edith Steín, asesinada en la cámara de gas en el campo de concentración de Auschwitz, relatan de ella su espíritu de servicio, y dedicación a los demás especialmente con los niños con los que convivía en aquellos campos, a los que lavaba, peinaba y les buscaba alimento, y es que como ella misma dijo “el que no es dueño absoluto de sí mismo no pude obrar sino inducido, no puede disponer de nada con verdadera libertad”.
Ellos y muchos otros, fueron privados de la valiosa libertad exterior y sin embargo, tuvieron capacidad de elección, con su voluntad e inteligencia y un dominio heroico de si mismos eligieron el bien, eligieron la verdad, la que nos hace verdaderamente libres. Y sin embargo, cuantos prisioneros de espíritu encerrados en los tormentos de su corazón, esclavos de sus riquezas, con una la libertad externa que alcaza hasta donde se pierde la vista humana y sin embargo tienen ahogada, totalmente estrangulada su libertad interior.
El hombre necesita pararse, necesita instruirse, saber, entender; y esto lo encuentra en una buena lectura, escuchando y, en definitiva, buceando en su sed por encontrar la verdad. Solo así logrará hacer crecer ese mundo interior, que se expande e irradia al exterior, contagia a los demás, despierta los intereses dormidos de su entorno, transporta la mente y sale de un mundo puramente material, se deja envolver por el espíritu, juega y despierta las ideas, se hace preguntas y busca respuestas que ve plasmadas en un mundo maravillosamente real.
Parar y disfrutar de la reflexión, no buscar fuera lo que está dentro, en una huida desbocada por silenciar los problemas o inquietudes del alma, no significa ensimismarse, sino rechazar el ser un simple peón en un tablero de ajedrez, una pieza de producción en un mundo rígido y agobiado por un saco estresante de tareas impuestas que cumplir, anestesiado por las corrientes ideológicas de su momento histórico y cultural, sino, mas bien, entender que la verdadera libertad está en la elección del bien, como única verdad extemporánea, y de todos los tiempos, como lo viejo y lo nuevo, lo de siempre, lo autentico, lo que no cambia, lo que es connatural al hombre, ese hombre que halla en la verdad, el auténtico consuelo que calma su corazón.
Y es que, esa libertad interior, ese mágico recorrido por la hondura del alma humana tiene su punto máximo, su culminación, el estado de máxima felicidad y altura, para un creyente, en el abandono en la única Verdad, en las manos amorosísimas de Dios, en un sí, porque el alma entregada por entero es “el acto supremo de su libertad”, y es entonces, cuando nos décimos, que sea lo que Dios quiera, cuando llega como un dulce soplo, la paz.
Elena López Barajas


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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