Las ventajas de no saber
21 diciembre 2008
Mi amigo Antonio insiste en que “la opinión es el grado más bajo del saber” y tiene razón. “El que sabe, sabe; y el que no… pa´letras” (o “pa´ciencias”, dependiendo de quién lo diga). El caso es que está clara la diferencia: unos saben y otros opinan. Lo que pasa es que hay veces en que no está claro si compensa saber o ser un ignorante. Por ejemplo, en el caso del cine. ¿Qué es mejor… ver las películas como un espectador ignorante o como un cinéfilo erudito? Yo no lo tengo claro.
Ejemplo de ignorantes de cine: mis hijas. La primera vez en que la mayor de ellas – con 3 años- fue al cine, vimos “Nemo”. Yo la vi sentado, tranquilo y disfruté. Pero ella… ella vivió una experiencia absolutamente única. ¡Tanto le gustó la película, que permaneció en pie durante toda la proyección! Y no sólo fue por el hecho de verla en pantalla grande –que sin duda influyó- sino porque la historia del pececillo que buscaba a su padre la tuvo en tensión desde el primer fotograma hasta el último. Ese mismo fenómeno se ha repetido en varias ocasiones: en mitad de una película, ¡se pone en pie! Y se ríe, llora, se come las uñas, grita, enmudece o se duerme… dependiendo de cómo la película afecte a su sensibilidad.
La segunda de mis hijas ha visto varias veces “Ratatouille”. ¡Y siempre llora en la misma escena! El ratón aprendiz de cocinero trata de ponerse a salvo, arrastrado por una corriente de agua potentísima… casi se ahoga… pero sigue luchando… finalmente logra subirse al libro de recetas, que flota sobre la corriente… y navega sin control, a cierta distancia de los demás ratones y ratas, que van muy por delante. Es entonces cuando mi hija comienza a llorar, ¡porque no le esperan! Yo, que sé de cine… es decir, que sé que se trata de una película, que sé que todo es mentira… detengo la imagen con el mando a distancia y le explico a mi hija: “mira, es una película; en realidad el ratón no está en el agua, podemos rebobinar y avanzar la escena… es una película”. Y después de hacerlo, me siento asesino de infantes. Noto que me he cargado su inocencia, su ingenuidad, su capacidad de disfrutar del cine como un ignorante. Por suerte… al día siguiente compruebo que mi táctica no ha funcionado… y que de nuevo llora al llegar a la misma escena. ¡Uff! Menos mal… ojalá nunca pierda la capacidad de asombro, unida a la ignorancia.
Por contraste, encuentro entre “los que saben”, sobre todo entre “los que más saben” de cine, una terrible pérdida de virginidad. Cuando ven una película, analizan planos y contraplanos, movimientos de cámara, estructuras de guión, técnicas narrativas… Han perdido la capacidad para ver a un personaje, porque saben que Fulano es actor. Y le comparan con trabajos anteriores, o con otros actores. Ya no pueden emocionarse con el sufrimiento, las alegrías o las dudas de los protagonistas, porque saben que todo está escrito de antemano, incluido el final. Algunos analizan con lupa cada secuencia, dispuestos a encontrar fallos de racord. Otros se empeñan en dar con el género al que pertenece esa película, o si está influida por alguna corriente cultural previa. Saben tanto de cine… que no disfrutan del cine.
Y el cine es magia, el cine es emoción, el cine es pasión, es nacimiento y muerte, es amor, es dolor, es alegría. El cine es la vida misma. Y si no es todo eso, si se rompe el puzzle, diseccionándolo en cachitos (guión, fotografía, música, montaje, efectos especiales, interpretación, sonido, vestuario, presupuesto, etc)… entonces se pierde la virginidad del espectador ignorante… y el cine ya deja de ser interesante. Por eso… tal vez sea mejor no saber y quedarse con “el grado más bajo del saber, la opinión”
Juan Manuel Cotelo


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


No está mal el enfoque, Juan Manuel. Aunque disiento en parte. El otro día vi “Ivanhoe”, aquella película de Robert Taylor y una jovencísima Liz Taylor. Me encantan esas películas; “El prisionero de Zenda”, “El Dorado”, “El hombre tranquilo”… Se trata de largometrajes donde hay bastante encanto, magia, gusto por una ficción atractiva.
En muchas películas actuales falta ese elemento, son pretendidamente naturalistas o realistas, y por eso nos fijamos tanto en la interpretación, el guión, el montaje, etc. Y pensamos “menuda castaña”. Claro, si veo una peli de Ben Affleck, por poner un ejemplo extremo, no percibiré magia ni fascinación, sino algo de acción mal planificada, diálogos toscos y montaje convencional.
En mi sincera “opinión”, el cine actual ha dejado de ser artesanal, y adopta demasiado aparato escénico, demasiada tramoya ostentosa y vacía.