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Ángela Vallvey: “Nuestra sociedad es paidófila y pornográfica, o sea: desvelada, en la que no hay espacio para el misterio”

21 diciembre 2008

Reproducimos un artículo reciente de la finalista del premio Planeta de este año, Ángela Vallvey, a propósito de la pedofilia. Fue publicado el 18 de dicembre en el diario La Razón.

En la antigua Grecia se practicó la pederastia como una suerte de educación íntima para la formación de los adolescentes ya entrados en la pubertad. El erastés, el amante, era un hombre hecho y derecho, por lo general con posibles, porque tener un efebo a quien tutelar, hacer regalos y amar, costaba sus buenos denarios; salía bastante más caro que frecuentar los burdeles.

El hombre mayor proporcionaba al joven mancebo, que convertía en su protegido, una educación y una disciplina militar, además de iniciarlo en los misterios homosexuales de la carne. La pederastia tuvo sus altibajos sociales, pasó por ciclos y modas; grandes cabezas pensantes de la antigüedad discutieron sobre la conveniencia o no de que fuese platónica solamente, sin mezclar el sexo con la educación, hasta que el emperador Justiniano, un serbio (perdonen la licencia antihistórica) aficionado a la jurisprudencia y empeñado en cristianizar hasta al Yemen, zanjó la discusión prohibiéndola por decreto. A Justiniano la pederastia no le gustó nada; quizás le pareció una mariconada. O sería un homófobo. Vaya usted a saber.

En épocas recientes, la novela «Lolita» de Vladimir Nabokov tachada de «rompedora, vanguardista, transgresora, etc.», en vez de ser leída como una crítica mordaz a la irrisoria existencia de algunos seres humanos patéticos, alimentó con falaces argumentos «artísticos» la carga de razón de los «aficionados» a las adolescentes, a las «lolitas» (niñas muy jóvenes, o que lo parecen, llamadas así en honor del libro del ruso).

Hace décadas que la publicidad, en su ansiedad voraz por mostrar una mercancía sabrosa y moderna, convirtió a las adolescentes en modelos sexuales para una sociedad descreída, irreligiosa, cada día más hambrienta de carne fresca y dolorosamente consciente de la caducidad de cualquier producto, incluida la vida.

Una sociedad paidófila y pornográfica, o sea: desvelada, en la que no hay espacio para el misterio, el crecimiento lento, la protección de la infancia y el pudor. La misma sociedad hipócrita que se escandaliza moderadamente por los cada vez más frecuentes casos de pedofilia. (Ni siquiera en esto hemos progresado desde Platón. Qué lástima).

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