El truco del escaqueo
14 Diciembre 2008
Las grandes batallas empiezan por el campo de la propia conciencia. Pero ésta acaba siendo más bien el terreno del gran escaqueo.
Después de otra semana de “L’Osservatore Romano”, aún bulle la edición diaria en italiano del 9-10 de diciembre. Igual que las aguas del Tíber. Un artículo de Luca Pellegrini da cuenta de que “hasta el cine italiano recuerda la firma de la Declaración” Universal de los Derechos del Hombre. “Treinta artículos solemnes como treinta fatigosos escalones que trepar para alcanzar un mundo de libertad, de justicia, de paz, contra todo tipo de discriminación, asegurando a todos la tutela de la dignidad de la persona y de la vida humana”, escribe.
Y es que el miércoles el Festival Internacional de Cine de Roma mostró, como anticipo, una selección de la película colectiva (non-profit) “All Human Rights for All”. Reúne treinta cortometrajes rodados por directores italianos e inspirados en los artículos de la Declaración. El resultado, para todos los gustos. Con mayor o menor acierto. Se trata de sensibilizar a la opinión pública respecto a los derechos humanos. El objetivo –apunta ahora Pellegrini- es “dar cuerpo visual y espesor narrativo a lo que podría quedarse siempre en una lectura árida y una convencional suscripción de compromisos ideales”.
En cambio, con estos cortos, se confirma tristemente “cuánto camino falta por recorrer” y “cuán fatigosa es esta subida”; “resulta que somos débiles en estos escalones, mientras observamos la meta que nos espera”, “intentado dejar violencias, atropellos, engaños, robos, explotaciones de todo tipo y horrores”. Por ejemplo, en la cinta se aborda el artículo 4 de la Declaración con el calvario diario de una joven del Este raptada, violada, explotada en las calles; el artículo 22 contrapone a una ciudadana acomodada con su asistenta extranjera: la primera no duda en escamotearle el sueldo a la segunda para comprarse un coche de lujo; llega el artículo 27 con la experiencia de una bióloga que demuestra su hipótesis científica para encontrarse, a renglón seguido, con el hurto de sus resultados. Esta especie de mini-documental “no dice nada nuevo –constata Pellegrini-, pero quiere reencender la chispa de interés, poniendo el dedo en llagas reales”.
La Santa Sede organizó el miércoles un acto de reflexión sobre el 60º aniversario de la firma de la Declaración: conferencias, galardones, concierto y discurso del Papa. Para todos los asistentes se encartó en el ceremonial la Declaración íntegra, desde el preámbulo hasta el artículo 30. Mientras lo repaso, recuerdo las palabras de Benedicto XVI, “pocche e sentite”: la celebración del aniversario “es una ocasión para verificar en qué medida los ideales, aceptados por la mayor parte de la comunidad de Naciones en 1948, se respetan hoy en las diferentes legislaciones nacionales, y más todavía en la conciencia de los individuos y de las colectividades”. Por esto he sugerido al inicio de esta Página Romana que las grandes batallas se libran primero en la propia conciencia. Y para esta lucha, qué mejor argumento que el del Santo Padre, en el mismo discurso: “Los derechos del hombre se fundan en Dios creador, quien ha dado a cada uno la inteligencia y la libertad. Si se prescinde de esta sólida base ética, los derechos humanos son frágiles, porque están privados de sólido fundamento”.
Treinta artículos que difícilmente se pueden enarbolar con justa convicción ante dramas externos si cunde el escaqueo a la hora de subir estos treinta peldaños en la propia conciencia. Es un ejercicio activo y pasivo. Es un ejercicio de honestidad. Es un ejercicio de razón. De la teoría a la práctica: si todos los seres humanos deben actuar en espíritu de fraternidad (artículo 1), si ningún individuo puede ser sometido a un trato cruel o degradante (artículo 4), si ningún individuo puede ser sometido a la lesión de su honor o reputación (artículo 12), si todo individuo tiene derecho a trabajar en condiciones dignas (artículo 23), ¿por qué oímos a diario historias sin fin de tragedias laborales? Víctimas y victimarios. Unos abusan; otros padecen -y a veces permiten, sobre todo por miedo- estos atropellos. Urge la toma de conciencia de que la dignidad humana no se pisotea sólo en Darfur, en Kirkuk o en Mumbai; el respeto debido no excluye a ningún ser humano en ninguna situación ni en ninguna etapa de su vida. El sufrimiento hace crujir almas mucho más próximas de cuanto imaginamos.
En su mensaje “La persona humana, corazón de la paz” (del 1 de enero de 2007), Benedicto XVI ya insistía en que “sólo si están arraigados en bases objetivas de la naturaleza que el Creador ha dado al hombre, los derechos que se le han atribuido pueden ser afirmados sin temor a ser desmentidos. (…) Sin esta aclaración, se termina por usar la expresión misma de ‘derechos humanos’, sobreentendiendo sujetos muy diversos entre sí: para algunos, será la persona humana caracterizada por una dignidad permanente y por derechos siempre válidos, para todos y en cualquier lugar; para otros, una persona con dignidad versátil y con derechos siempre negociables, tanto en los contenidos como en el tiempo y en el espacio”.
La Declaración de los Derechos Humanos es de indudable valor, pero los cristianos tienen en el Evangelio el “manual de usuario” óptimo para el discernimiento, empezando por la propia conciencia. Libres de escaqueos, con todas estas herramientas se está preparado para la defensa de la dignidad de la persona, en lo pequeño y en lo grande, en el interior y en el exterior, con el corazón abierto en una permanente y necesaria oración, que, de la pluma de Thomas Merton, cita el mismo ejemplar del diario de la Santa Sede: “Confiaré siempre en Ti, aún cuando pueda parecerme que estoy perdido y envuelto en tinieblas de muerte. No temeré, porque Tú estás conmigo y sé que no me dejas solo frente al peligro”.
Marta Lago


Hoy se da la sustitución del abuelo por la televisión. Antes, el abuelo contaba las historias del jabalí y ahora los nietos quieren irse al fútbol. Los jóvenes no se adaptan al campo, se escapan a la ciudad.

De fondo suena el piano de McCoy Tyner, que no sólo es un extraordinario pianista, y extraordinario representante del estilo modal, sino que por la delicadeza de su toque, por la búsqueda de una sonoridad siempre brillante y el carácter ornamental de sus improvisaciones, es uno de los grandes músicos de jazz moderno. El rol que desempeñó en el seno del cuarteto de Coltrane, le ha marcado, sin duda, de forma irreversible, y siempre para bien: el pianista del sosiego, la suavidad, la serenidad y la certeza; lo contrario de los furores inquietos de su líder.

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