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Leonardo Castellani, el monje

30 noviembre 2008

“Cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo podéis reconocer por esta señal: todos los necios se conjuran contra él”. (Jonathan Swift) Esta cita que utilizó tan bien John Kennedy Toole en su libro: La conjura de los necios, a la vez podría utilizarse para explicar por qué Leonardo Castellani, luego de más de veinte años de su muerte sigue siendo un escritor para pocos. No porque sus escritos sean herméticos; sino porque los sectores culturales no lo difunden. Castellani fue un hombre polémico, extremadamente lúcido y sincero, decía la verdad nos gustara o no. Tal vez por eso sus pensamientos sean silenciados una y otra vez.

Leonardo Castellani nació en Santa Fe, provincia de la Argentina, en 1899 (murió en 1981) el mismo año en que nació Jorge Luis Borges. No cito casualmente a Borges, ya que Castellani guarda numerosas similitudes con este escritor. Fueron dos genios que eligieron diferentes sendas para manifestar sus luces. A lo largo de su existencia, Castellani criticó dura y, algunas veces, caprichosamente la obra de Borges, porque nunca fue un hombre complaciente con la opinión pública. A su vez, Borges y Bioy Casares caricaturizaron al padre Castellani.

En 1918 ingresó al noviciado Cordobés de la Compañía de Jesús y en 1930, se ordenó sacerdote en Roma. Seis años de estudios concluyeron al graduarse en filosofía en la Sorbona de París y en teología en la Gregoriana de Roma. En 1935 volvió a la Argentina, comenzó a colaborar en diversas revistas y a dar clases.

Lamentablemente el principal compromiso de Castellani no fue con la literatura (aunque más de cincuenta libros de cuentos, poesías, ensayos, estudios y críticas podrían desmentirme), sino que lo fue con Dios, en primer lugar; y con la Patria en segundo lugar. Esa patria -con minúscula- que se empeña en sepultarlo en el olvido. Principios que defendió hasta el punto de ser casi expulsado de su Orden y de recibir la excomunión.

Criticó ferozmente, pero nunca en vano. Criticaba, sí, pero siempre propuso una salida.
Pasemos a su literatura, y muy especialmente a su incursión en el género de horror. Los dos libros de cuentos más destacados de Castellani se titulan: Historias del Norte Bravo (1936) y Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas (1944) El segundo, si nos dejamos engrupir por el título, puede resultarnos bastante sonso; pero no es así. “Los cuentos de fantasmas” ocupan la tercera parte del libro y contienen doce cuentos. Los más destacados se titulan: “La ley del rebote”, “Materialización”, “El misántropo” y “El hombre que vio al diablo”.

En un principio, uno se imagina que un fraile -como le decía cariñosamente Jauretche a Leonardo Castellani- no puede escribir gran cosa sobre fantasmas, si tenemos en cuenta, que lo sobrenatural -como vulgarmente lo entendemos- no entra dentro del dogma cristiano. Pero este fraile supo conjugar lo dogmático con lo sobrenatural, como también supo hacerlo tan elegantemente Chesterton, por el cual Castellani sentía predilección. Hasta el punto de escribir una larga serie de cuentos inspirados en el Padre Brown, pero en una versión nacionalizada y realista. Los cuales fueron reunidos en un volumen titulado: Las muertes del padre Metri ¿1942?.

En “Los cuentos de fantasmas”, el terror circunda los relatos desde un ángulo religioso, aunque algo heterodoxo. El Pecado, la Culpa y los Males Profundos aquejan a los personajes de estos relatos. Al igual que Joseph Conrad, Castellani estaba sumamente interesado en la naturaleza humana y en sus destinos oscuros y raras veces luminosos, en esos espíritus atormentados por una secreto sempinterno. También la filosofía hermética y angustiosa de Sören Kierkegard (aquél filósofo y teólogo dinamarqués con el cual Castellani se sentía tan identificado) es puesta a prueba en los cuentos, en las experiencias de personajes desdichados, que entrevén la eterna puja entre el Bien y el Mal a través de vivencias sobrenaturales y en otras que parecen serlo.

El cuento “Materialización” está enmarcado dentro de las doctrinas del Espiritismo, pero de un Espiritismo real, tal vez el único real. Allí una médium es víctima del egoísmo de sus allegados que agotan su extraño don en sesiones sórdidas hasta matarla. Matilde, la médium, es una muchacha ignorante e ingenua, que se deja guiar por un estudiante -Alán, su novio-. que abusa del talento de ella para graduarse en sus estudios. Las sesiones le arrancan poco a poco la vitalidad a Matilde, al tener que parir espiritualmente -por decirlo de un modo brutal- un ser astral o fantasma, en cada sesión. Finalmente, Matilde accede a dar una última sesión a una madre que ruega por ver otra vez a su finada hija. Pero está sesión resultará fatal, ya que Alán se deja atar a su silla para que la dama no desconfíe de un fraude mientras se realiza la sesión. En el momento en que se materializa el cuerpo astral de la niña, su madre la arranca del cordón espiritual que la unía a Matilde y se la lleva en brazos. Pero al llegar al pasillo de la entrada de la casa, forcejea con la sirvienta y la niña desaparece de sus brazos. Mientras tanto detrás de la mampara, donde se encontraba la médium, retumban extraños sonidos. Poco después, la sirvienta ingresa al cuarto, corre a ver a Matilde y dice:

“¡Dios! Qué es toda esta sangre? ¿Y porqué mi ama se ha vuelto enana? ¿Por qué Matilde tiene el tamaño la mitad de lo que era?”

Había un lago de sangre en torno de la médium, su propia sangre, y ella se encontraba seca como una momia. El autor nos brinda una explicación racional a todo el asunto, pero también da pie a lo sobrenatural. Sólo es cuestión de elegir.

“El misántropo” es otro cuento terrible donde el personaje se encuentra recluido en una isla del Tigre, porque padece un extraño mal de la vista, que él ha dado a llamar: astigmatismo moral. Le explica al narrador del relato, el cual se encontraba casualmente con él:: “Resulta que me basta a mí mirar por encima del hombro, es decir, torciendo al máximo el eje bio-óptico, me basta encarar de reojo un rostro cualquiera, para verlo horriblemente deformado. Lo peor de todo es que no sólo veo un rostro horrible […] veo visual y físicamente los vicios y deformidades humanos reflejados en los rostros como en una estampa iluminada de atrás, como en un espejo místico. […] Veo a la gente como animales, como bichos, como demonios, como montones de carne fofa”. Su propia visión le resulta insoportable, por lo cual no se sirve de ningún espejo en su casa. Mientras se aleja de la isla en un bote, el narrador se despide de este personaje desdichado, pero accidentalmente el misántropo logra verlo de reojo, y el narrador concluye: “El hombre giró pausadamente y me miró. No reconocí más su rostro, que estaba descompuesto como el de un agonizante. Me miró, y me escupió… sí, me escupió, no hay otra palabra para expresar lo inexpresable, me escupió al rostro una mirada implacable de infinita repulsión y desprecio”.

“La cara sin cuerpo” forma parte de la serie de cuentos del Padre Metri. Y dice que durante una noche tranquila, de luna llena, mientras el Padre Metri se lamentaba en su casa el no haber convertido a un siciliano mafioso, que ese día habían decapitado por una vendetta; ve de repente un rostro cerúleo a través de su ventana. Un rostro sin cuerpo, blancuzco, y con una mueca feroz. En un principio cree que es la cabeza fantasmal del siciliano que lo visita desde la ultratumba achacándole al Padre el desprecio que éste demostró por sus ruegos. Pero más tarde, reflexionando, el Padre se da cuenta de que la cara que vio en la ventana, no era más que el reflejo de su propio rostro. Pero no su cara actual. Porque cuando reflexionaba en la muerte del siciliano, el Padre le ofrendó a Dios su cabeza en satisfacción de su yerro. Y aquella cara que vio pegada en la ventana, era su propia cabeza decapitada, su propio fantasma, que le advertía como una profecía negra su futuro átroz.

Poco tiempo después, el Padre Metri muere asesinado por causas políticas, y en el violento acto le serruchan la cabeza del tronco y la tiran dentro de un cantero de lirios, donde una niña la encuentra y: “…[ve] en un gran cantero de lirios en medio del jardín de adentro, la cabeza del padre Metri saliendo de la tierra como un hongo diabólico de ojos enloquecidos…”

“El hombre que vio al diablo” es, a mi humilde entender, el mejor cuento de Castellani. El cura Bárcena viaja a Córdoba para recluirse en paz, ya que tiene un mal que lo aqueja mortalmente. Para evadirse de sus males, el cura pasea recurrentemente sobre una lomada donde yacen los restos de una platabanda incaica, que antiguamente fue un templo de la Pacha-Mama, donde los indios celebraban sus orgías. Es un espacio pagano, donde aún palpitan los poderes malignos de estos ritos, como las brasas en las cenizas. Y es allí donde a Bárcena se le ocurre construir una ermita, aprovechando la arquitectura de las ruinas incaicas.

Satisfecho de sus planes, decide dormir una siesta en el lugar y en ese momento es cuando la platabanda le arroja su primera mirada, repleta de perversidad. El autor se sirve de giros lingüísticos pobres, para poder transmitir más acertadamente la magnitud del suceso y el aura de misterio que rodea a la entidad que yace encerrada en la platabanda. En ese momento, el cura pierde contacto con su realidad y entra en una realidad mayor, que contiene a la de todos: “…el cielo, las nubes marmóreas, las rocas, los árboles… se habían como descolorido y perdido de golpe, como cosas trasoñadas; al lado de la realidad formidable del coso [el subrayado es mío] que las dominaba todas, al cual yo no veía, ni oía, ni tocaba, ni gustaba, ni olía, pero sentía presente con una impotencia brutal”.

El Enemigo amenaza al cura, sin servirse de palabras ni de acciones: “…era un desgano, una repulsión, un desabrimiento infinito hacia la idea de la capilla…” Es entonces cuando Bárcena comienza a experimentar la presencia del Mal en su propio espíritu. No es su cuerpo lo que está amenazado, es su alma y con ella todas las existencias, que se encuentran entrelazadas como si fuesen raíces de un mismo árbol. Pero en esta primera batalla de voluntades logra sobreponerse el cura rechazando la proposición que lo infligía. Tras lo cual, retorna a su mundo, luego de haber padecido un estado de duerme-vela, entre el delirio y la cordura en el que sucedieron dos horas de la vida real y sólo un intenso instante de lucha en la realidad del cura.

La capilla se transforma en el objetivo de su vida enfermiza, una vida que antes no tenía sentido, ahora es asediada por cuestiones trascendentales. Pero el pueblo se divide entre los que quieren la capilla, y los que la defenestran. Finalmente, y a pesar de la prohibición obispal, el cura construye la ermita. En el día de su inauguración, cae fulminado por el bastonazo que le pega un carpintero, opositor de la obra. En ese momento Bárcena comienza a tener su segundo acceso místico en negativo: “había caído vertiginosamente por un camino oblicuo a la región oscura sin especies sensibles, a la noche llena de suspiros, la noche sofocante donde no entra la luz del cielo, más impenetrable que el caparazón paleolítico de un monstruo de bronce…”

Acá se manifiesta de lleno la experiencia mística, pareciera ser la noche sin estrellas o la noche oscura de la que hablaba San Juan de la Cruz, con la diferencia de que realiza el camino inverso, no llega a convertirse en un arrebato divino. Sólo Dios puede arrebatar a los hombres de sus cuerpos, no el diablo. Pero el cura Bárcena accede al rapto que le sugiere el diablo, para luchar con él: “…está vez lo sentí venir al rapto resbalando hacia mí, y sentí el poder de esquivarlo […] El ser maligno me miraba de nuevo como un vasto sol negro desde lo alto de la roca”. La lucha del hombre es una lucha sin esperanzas, una causa perdida, porque lucha en el infierno, en una zona donde la esperanza yace en sus puertas, para parafrasear al Dante: “…(el) mundo desvanecido de lo exterior, infinitamente menos real que el mundo negro en donde yo había entrado. Había entrado en un mundo más real que éste. En aquel mundo no existía la esperanza. Tuve la certeza absoluta de que no volvería a salir nunca. Con una especie de descuaje o chasquido sordo se había roto inexplicablemente en mí una especie de puente. Me había quedado solo del otro lado”. La única esperanza que le restaba a Bárcena era la resistencia, no doblegarse ante el Mal Absoluto: “El Mal Absoluto había penetrado en todas las regiones de su alma menos en el alcázar de su última voluntad”.

Finalmente el cura tras padecer las más aberrantes tentaciones, como San Antonio, y de vislumbrar el fin del mundo; logra morir en paz.

Pocos instantes antes de su muerte, el cura vuelve en sí y serenamente le dice al narrador: “no fui vencido. Lucha cuerpo a cuerpo. Brecha… brechas por todas partes, los muros se derrumbaron de golpe”.

Castellani fue un hombre de genio, una persona cultísima, que dominaba diversos idiomas, como así también las lenguas clásicas. Ese genio lo compartió con su Patria, a través de sus acciones y de su obra escrita. Una obra que todos se niegan a reconocer, salvo los ambientes intelectuales del catolicismo. Es hora de que a Castellani lo leamos todos, más allá de nuestros credos, nacionalismos o cosmopolitismos, porque la Verdad es una sola y parte de ésta yace en la palabra de este monje.

Mariano Buscaglia

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