La poesía no nos saca de la realidad, nos engulle en ella
30 noviembre 2008
El diario El País acaba de sacar a la luz una colección de poesía contemporánea, algo que hay que recibir con alegría. Emilio Lledó, su principal responsable, publicó en Babelia un artículo sobre el significado de la poesía. Y las cosas que dice pueden sorprender a más de uno, ya que da la impresión de que la poesía es un mero artificio que el hombre inventa, como el invento de la rueda o de la tostadora, pero que en nada afecta a la necesidad de profundizar y entender la realidad.
Lo dice desde el principio. “Una cuestión de lenguaje. Eso parece ser la vida humana”. Aquí Lledó sigue escrupulosamente las tesis del filósofo Foucault: “El lenguaje es la única realidad o fenómeno constatable por el hombre. El lenguaje de cada época se llamará discurso, que a su vez encierra una forma determinada de pensar, propia de cada momento histórico”. Es decir, el hombre no puede acercarse a la realidad, sólo sabemos que usa un discurso cultural concreto, pero la realidad le es inaccesible.
“La exigencia de compañía (por parte del hombre) no sólo manifiesta la necesidad de lenguaje, sino la radical soledad de cada conciencia, que encuentra la posibilidad de engarzarse con otros semejantes”. Es como si Lledó definiera a la comunidad humana como islas que no forman archipiélago, sino islas “aisladas”. Sólo a través del discurso se pueden tender puentes, pero no existe un sustrato común. “Apenas hay otros puentes entre seres eternamente separados”.
Llegado a este punto incia su discurso sobre la liberttad, porque las palabras tienen que fluir “facilitar inteligencia”. Y dice que el discurso, la palabra, se ha desvirtuado, “estamos perdidos porque hemos apagado la luz del pensamiento, la autarquía de mirar con los propios ojos”. Es el discurso típico de que la Ilustración vino a traer la edad madura en una época oscura de infancia intelectual, el ¡atrévete a pensar! de Kant. “Las líneas del poema nos enfrentan al uso del lenguaje absolutamente libre. Ser libre quiere decir, en poesía, el encuentro con un lenguaje que se dice a sí mismo”. Lledó no puede salir del lenguaje. El lenguaje mora en una habitación cerrada, contaminada de mismidad. Sólo se pueden decir cosas hermosas para comunicarnos con los demás. Pero según Lledó con la poesía, insisto, no se accede a la realidad.
La poesía según José Ángel Valente
Por el contrario, la tesis de uno de los mejores poetas que ha dado nuestro país, Valente, es que poesía es antes que cualquier otra cosa, “un medio de conocimiento de la realidad”. Él entiende que la ciencia no es la única capaz de entrar en la realiad para analizarla. “Lo que el científico trata de fijar en la experiencia es lo que hay en ella de repetible. Al poeta no le interesa lo que la experiencia pueda revelar de constante sujeta a unas leyes, sino su carácter único, no legislable, es decir, lo que hay en ella de irrepetible”. Valente coge de la mano a la poesía y se acerca a la realidad para buscarle su entraña, y advierte que la realidad no se ofrece de forma inmediata, hay algo que siempre queda oculto, lejos del criterio centífico, y además el hombre queda envuelto en esa relación.
Él pone el caso del poeta místico. Dice que el material de la experiencia mística puede ser objeto del conocimiento científico, es decir, los psicólogos pueden meter sus manos e indagar. Pero ese conocimiento captará en esa experiencia lo que en ella pueda ser sometido a observación analítica, nada más. Pero el poeta místico quiere comunicarnos su experiencia de relación con Dios a través del conocimiento poético.
Valente, como también lo hiciera María Zambrano, nos habla del conocimiento poético como una posibilidad de explicar al hombre, no como un mero ornamento del lenguaje en la isla de incomunicación que es el universo. El conocimiento poético, cuando visita la realidad, se acerca de puntillas a la verdad, y alza de ella una forma.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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