El acontecimiento cristiano en la literatura contemporánea (X)
30 noviembre 2008
Capítulo cuatro. Más allá de la ironía y el pesimismo estructural. El hombre fragmentado sigue siendo capaz de Dios. “Este hombre había labrado un abrevadero de piedra para que durara diez mil años”
San Agustín dice que el hombre, tal y como salió de las manos de Dios, fue concebido como un búcaro, completo, bello, diseñado con la aplicación y alegría de un artista. Sin embargo, después del pecado original, el búcaro cae al suelo y se quiebra, permaneciendo despedazado hasta el final de sus días. Pero la fragmentación del hombre, no supone alcanzar un grado tal de desesperación o perdición, que su proximidad con Dios quede anulada. En cada porción, por muy mellada que se encuentre, se atisba la belleza del búcaro, las manos de su autor y una necesidad de recomposición.
Esta idea es clave para evitar la tentación, aplicada a nuestro estudio, de hacer una enmienda a la totalidad de la literatura contemporánea por razones generalistas: porque se nutre de una cultura que ha agotado todas las tradiciones, porque aplica el principio del “Gott is tott” a cualquier forma de existencia, porque pone los contenidos de la vida en un estado de revolución permanente, en fin, porque la cultura es posmoderna (incluso la del escritor Foster Wallace, recientemente fallecido, se consideraba post-posmoderna), con lo que supone de aceptación del relativismo moral, positivismo jurídico, ideología de género y rechazo de un destino espiritual para el hombre.
Los maximalismos son siempre desquiciantes y perturbadores, y simplifican todo análisis serio de cada acontecimiento. Juan Pablo II defendía con claridad meridiana el diálogo paciente con la cultura de cada tiempo, y no por ejercicio “caritativo”, sino para que la Iglesia se entienda a sí misma. “La evangelización no es solamente la enseñanza viva de la Iglesia, el primer anuncio de la fe (kérygma) y la instrucción, la formación en la fe (la catequesis), sino que es también todo el vasto esfuerzo de reflexión de la verdad revelada, y que cuando hubo que confrontar esa verdad con las elucubraciones gnósticas y con las varias herejías nacientes, fue polémica. Probablemente, en los primeros siglos, si no hubiera tenido lugar el encuentro con el mundo helénico, habría bastado con el Concilio de Jerusalén (…) La historia de la evangelización se ha desarrollado en el encuentro con la cultura de cada época”.
Es verdad que, con la modernidad, la racionalidad se ha escindido en cuestiones de verdad (reservadas exclusivamente a la ciencia), cuestiones de justicia (ética) y cuestiones de gusto (estética), careciendo de un centro integrador y unificador de estos tres ámbitos, pero el anhelo de trascendencia permanece virgen. T. S. Eliot: “Lo que ocurre no es una desaparición de lo religioso, sino su desvinculación de la fe de la Iglesia, y su desplazamiento hacia zonas de realidad y ámbitos de la vida humana, hasta entonces considerados como profanos, y que ahora van a ser sacralizados y ofrecidos como un sucedáneo de la religión abandonada”.
“La desintegración cultural es la más radical de las desintegraciones que una sociedad puede sufrir. Se presenta cuando una cultura de nivel superior se quiebra en fragmentos, cada uno de los cuales representa una actividad cultural solitaria. Esta desintegración ya ha tenido lugar en la sociedad occidental. La religión, la filosofía y el arte han llegado a ser áreas reservadas, cultivadas por grupos sin comunicación entre ellos. La sensibilidad artística sufre de este divorcio de la sensibilidad religiosa, y también la fe, por su separación del universo del arte”.
Eliot afirma que, en último término, la cultura no basta, que Horacio, las esculturas de mármol, Goethe, etc., todo ello vertido en una olla, hace una sopa bastante floja. Pero también llega a decir que “en último término, tampoco basta la religión sin cultura”. Con lo cual, confirma el pensamiento de Juan Pablo II de la necesidad irrevocable que la Iglesia tiene, de ir al encuentro de la cultura de su tiempo.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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