A las puertas del 60 aniversario de la Declaración de Derechos Humanos
30 noviembre 2008
Human Rights Watch se pone terca con la violación de los derechos humanos en muchos países del globo, cuando estamos a las puertas del LX aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos. La fecha: el 10 de diciembre de 1948.
Los dirigentes de Uzbekistán, Zimbawe, Egipto, Etiopía o China han abrazado la democracia, pero sólo formalmente. La “democracia” se usa como adjetivo lírico más que como sustantivo. Así, los presuntos “países democráticos” son conscientes de las ventajas que conlleva abrazar formalmente, y de viva voz, los principios democráticos; les dota de legitimidad en el plano externo y les permite campar a sus anchas en el interno. La etiqueta es muy golosa y apenas exigente. Pero hay un punto ineludible: la democracia lleva aparejada la defensa inexcusable de los derechos humanos. No bastan los criterios mínimos de antaño, como la celebración periódica de elecciones libres.
Es cierto que en los últimos años se ha avanzado bastante en la elaboración de modelos empíricos que permiten medir la calidad democrátca de un país. Pero es también verdad que se trata de modelos muy poco exigentes. En muchas ocasiones no existe la protección interna, porque la justicia se encuentra en manos de un poder arbitrario.
Pero la gran cuestión sobre los derechos humanos es la filosófica: ¿cuál es su procedencia?, ¿cuál es la base común o el principio que los sostiene? En este punto hay una total falta de acuerdo.
Hay occidentales que, desde una postura laicista, los consideran una mera invención de la tradición judeo-cristiana.
Por su parte, los musulmanes dicen que las leyes occidentales no son más que disposiciones específicas para una franja geográfica, y que ellos tienen unas leyes aún más antiguas a las que deben rendir pleitesía. Observan muchos puntos de la Declaración incompatibles con la sharia.
Entonces, ¿cómo entendernos? No podemos caer en la trampa de considerar los derechos humanos como una mera invención de la creatividad humana, como si fuera una mera convención a la que llegamos por acuerdo. En este punto descansa el pensamiento de intelectuales de la talla de Norberto Bobbio. Él dice que no debemos perder el tiempo buscando un fundamento absoluto de los derechos humanos, “sencillamente porque no existe tal cosa”, por lo tanto -sigue diciendo Bobbio- habremos de conformarnos con una fundamentación relativa, o de mínimos.
La trampa de unos principios de mínimos es que, a la larga, se convierten en unos mínimos principios. ¿No seá mejor una busqueda común de los fundamentos, y que ésta sea conjunta, entre Occidente y el Islam? Será la mejor manera de generar un diálogo desde convicciones profundas, no desde acuerdos de letras minúsculas.
Es verdad que la Declaración de Derechos Humanos se generó en un tiempo y lugar determinados, pero eso no quita para que la pregunta sobre el fundamento absoluto siga gestándose en los think tanks de Occidente y en el encuentro con la cultura musulmana. Es un ejercicio de responsabilidad.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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