¿Puede llegar un niño a ser considerado santo por la Iglesia Católica?
30 noviembre 2008
Vino al plató de La Baraja Javier Paredes, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Renovador del género biográfico en los ámbitos universitarios, ha publicado varias biografías de destacados políticos y hombres de empresa de los siglos XIX y XX. Es director de la Historia Contemporánea de España y de la Historia Contemporánea Universal utilizada como manuales en la Universidades españolas desde hace años. Compagina su tarea universitaria con colaboraciones en medios de comunicación, entre los que cabe destacar radio Intereconomía y el semanario Alba.
Ha publicado en “Santos de pantalón corto”, el perfil biográfico de los niños proclamados santos confesores oficialmente, es decir de los niños menores de quince años que han sido declarados santos por confesar su fe, sin haber sido mártires. Podría pensarse que a lo largo de toda la Historia de la Iglesia hay muchos, pero eso no es así.
Lo cierto es que se pueden contar con los dedos de una mano: sólo hay un santo, Domingo Savio y tres beatos, Laura Vicuña, y Francisco y Jacinta, los dos pastorcitos de Fátima, inseparables de su prima Lúcia. Hay muchos otros niños, candidatos a esta santidad de pantalón corto, cuyos procesos están avanzados y, a buen seguro, que a no mucho tardar comenzarán a subir a los altares.
Javier Paredes los conoce bien, pues trabaja con esta documentación desde hace años y prepara un libro con nuevas biografías, continuación de éste que ahora se publica.
Domingo Savio
En 1950 tuvo lugar la beatificación de Domingo Savio, confesor de la fe, de catorce años de edad. Su canonización tuvo lugar en 1954. Domingo nació en Riva del Piamonte, Italia, en 1842. Era hijo de un campesino y desde niño manifestó deseos de ser sacerdote. Cuando san Juan Bosco empezó a preparar a algunos jóvenes para el sacerdocio, con objeto de que le ayudaran en su trabajo en favor de los niños abandonados de Turín, el párroco de Domingo le recomendó al chico. San Juan Bosco, en el primer encuentro que tuvieron los dos, se sintió muy impresionado por él, quien ingresó en octubre de 1854 en el Oratorio de San Francisco de Sales de Turín, a los doce años de edad.
Uno de los recuerdos imborrables que dejó Domingo en el Oratorio fue el grupo que organizó en él. El grupo ayudó a Don Bosco en trabajos tan necesarios como la limpieza de los pisos y el cuidado de los niños difíciles. Poco después de su llegada al Oratorio, Domingo tuvo oportunidad de impedir que dos chicos se peleasen a pedradas. Presentándoles su pequeño crucifijo, les dijo: “Antes de empezar, mirad a Cristo y decid: ‘Jesucristo, que era inocente, murió perdonando a sus verdugos; yo soy un pecador y voy a ofender a Cristo tratando de vengarme deliberadamente’. Después podéis empezar arrojando vuestra primera piedra contra mí”. Los dos chavales quedaron avergonzados.
Le llamaban chismoso y le decían: “Corre a acusarnos con Don Bosco”; con lo cual no hacían sino mostrar cuán poco conocían al fundador del Oratorio, que no soportaba a los chismosos. Muy probablemente Santo Domingo reía de buena gana en esas ocasiones, pues era de un espíritu muy alegre, cosa que algunas veces le creó dificultades.
Si Domingo no tenía nada de chismoso, era en cambio muy hábil para contar cuentos; ello le daba gran ascendiente con sus compañeros, sobre todo con los más jóvenes.
Don Bosco alentaba su alegría, su estricto cumplimiento del deber de cada día y le impulsaba a participar en los juegos de los demás niños. “La religión debe ser como el aire que respiramos; no hay que cansar a los niños con demasiadas reglas y ejercicios de devoción” -solía decir Don Bosco-. ”La penitencia que Dios quiere es la obediencia. Cada día se presentan mil oportunidades de sacrificarse alegremente: el calor, el frío, la enfermedad, el mal carácter de los otros. La vida de escuela constituye una mortificación suficiente para un niño”.
La fuente más importante sobre la corta vida de Santo Domingo Savio es el relato que escribió el mismo Don Bosco. El santo se esforzó por no decir nada que no pudiese afirmar bajo juramento, particularmente por lo que se refiere a las experiencias espirituales de Domingo, tales como el conocimiento sobrenatural del estado espiritual del prójimo, de sus necesidades y del futuro.
En cierta ocasión, Domingo desapareció durante toda la mañana hasta después de la comida. Don Bosco le encontró en la iglesia, en oración, en una postura muy poco confortable; aunque había pasado seis horas en aquel sitio, Domingo creía que aún no había terminado la primera misa de la mañana. El santo joven llamaba a esas horas de oración intensa “mis distracciones”.
La delicada salud de Domingo empezó a debilitarse y en 1857, fue enviado a Mondonio para cambiar de aire. Los médicos diagnosticaron que padecía de una inflamación en los pulmones y decidieron sangrarlo, según se acostumbraba en aquella época. El tratamiento no hizo más que precipitar el desenlace. Domingo recibió los últimos sacramentos y, al anochecer del 9 de marzo, rogó a su padre que recitara las oraciones por los agonizantes. Ya hacia el fin, trató de incorporarse y murmuró: “Adiós, papá … El padre me dijo una cosa … pero no puedo recordarla . . .” “¡Estoy viendo cosas maravillosas!” Esas fueron sus últimas palabras.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


esto es muy interesante y unico en el mundo