Top

Cuatro pesos sucios por esa reliquia

17 noviembre 2008

Es una vieja historia, lo cuenta un tango con esa textura porteña, tan agridulce. Un hombre ya maduro, tiene que empeñar el reloj de su padre porque los años le han encontrado sin blanca, “el rebenque de la vida me ha golpeado sin cesar”, se queja. Pero el reloj, que es una pieza de exiguo valor, lleva en su insignificancia la ternura de haber pertenecido a la familia. Y el dolor del desprendimiento es superior a su valor intrínseco. ”Perdóname, viejo, si de vos me olvido; sé que lo has querido tanto como yo.  Sé que desde el cielo me estás campaneando, y que estás llorando como yo. Cuatro pesos sucios por esa reliquia, venganza del mundo taimado y traidor”. Con la venta del reloj se alejaron para siempre las huellas de las manos del padre. El dolor del hijo no medía el valor de aquella antigüedad, sino el peso de una ausencia definitiva.

Espero que la letra del tango nunca llegue a amarillear, significaría la renuncia a la ternura de toda relación humana y la victoria de la transacción económica.

Sigo perplejo ante el contenido del concurso “Entre el Arte y lo Kitsch”, un programa de la televisión holandesa en el que el público lleva ante los expertos, objetos antiguos u obras de arte que conservan en su poder, cuyo valor desconocen. En el próximo mes de marzo, veremos una entrega en la que se descubre un cuadro en miniatura de Peter Brueghel el Joven (1564-1638), que fue comprado por una familia en 1950, por el módico precio de 45 euros. Según la página web del programa, la obra estaría valorada hoy entre los 80.000 y los 100.000 euros. Lo que los expertos diseñadores del programa desconocen es que la obra de Brueguel pesa por su belleza no por la tasación de los especialistas. Con un concurso de características similares, podemos provocar en el transeúnte de museos, el juego de hallar el precio justo de cada una de las piezas que contempla y no el transporte que provoca la incisión de la belleza en el alma.

Confieso que me conmovió profundamente este verano, entrar en el museo de la ciudad de Bucarest, y encontrar una sala dedicada a objetos campestres. Una habitación casi en desorden, donde los objetos dormían en posiciones anodinas, y que convertían el recorrido en un paseo casi inadvertido. Me sobrecogió la leyenda que aparecía debajo de un marco de ventana desbastado, pero de una insignificancai mayúscula, casi rupestre, tan mortecino como cualquiera de los que podemos hallar en un pueblo gallego. Según me tradujeron, el marco de la ventana perteneció a una mujer que se había empeñado en no donarlo al museo.

Después de muchos esfuerzos por parte de los peritos responsables de la instalación, lograron convencerla. Pero el argumento de la dueña era: “¿Por qué se lo quieren llevar?, he pasado toda mi vida viendo el mundo a través de esta ventana, no es cuestión de dinero, ¿es que no se dan cuenta de que se lo llevan todo?”.

Compartir:
  • Facebook
  • Google Bookmarks
  • Technorati
  • Digg
  • Sphinn
  • del.icio.us
  • Mixx

Commentarios

¿Tiene algun comentario?





Bottom