Una mirada amorosa o el lenguaje de los afectos
16 noviembre 2008
Una mirada amorosa del que nos quiere, es el agua dulce que calma la sed del corazón humano, su dulzura y su sabor despiertan los sentidos y alegran el alma. Dice Miguel-Ángel Martí García, que “los afectos son la sonrisa del corazón” que “son los verdaderos nexos que unen a los seres humanos”, “tratándose de las relaciones humanas es el cariño, manifestación suprema de nuestra consideración a los demás”.
Pues bien, hoy gran parte de esta sociedad no sonríe, o quizás… se ría, pero con una risa alocada y descontrolada, sin ningún tipo de orden, ni razón, busca desesperadamente un bienestar personal, tiene el hedonismo como huésped de su corazón, y la locura, en la palma de su mano.
En un mundo individualista, los afectos entran dentro de una relación puramente mercantilista, se usan, se disfrutan, se abandonan y como el relativismo moral imperante lo permite todo o casi todo, invocando a la subjetividad de la conciencia se acalla cualquier brote de remordimiento, como ejemplos basta ver el uso del sexo como un mero bien material o la manipulación descontrolada de embriones humanos usados a capricho de los hombres y sus deseos, no hay mas que observar el trato que se les da en un laboratorio, por no hablar del aborto y sus consecuencias. Así al degradar la naturaleza humana a su uso y disfrute, nos encontramos con una sociedad en la que no cabe la donación sino el puro trueque mercantil, no se regala nada.
Ante este panorama, el corazón se endurece y la afectividad, entendida como síntoma de debilidad, se estrangula, dejando al hombre sin aire, el aire que necesita para respirar, es una sociedad que llora sin lágrimas, que ríe sin dulzura, que vive sin vida.
Así, el hombre busca desesperadamente una salida, o endurecer el corazón para sobrevivir, esto es, no vivir sino intentar no ahogarse, o sufrir las consecuencias, y desde mi punto de vista, como única salida, el esfuerzo de construir desde las ruinas, de volver a ensalzar nuevamente el valor y la dignidad del ser humano como tal, por el mero hecho de ser hombre y no por lo que tiene o sabe hacer, como dice Miguel-Ángel Martí García “cuando se valora a la persona por lo que tiene la convertimos también a ella en objeto, y nuestra relación se empobrece, porque hemos prescindido de la consideración de la propia dignidad, valorando únicamente las otras cosas que, por ser materiales y pertenecer al mundo exterior, son externas a la propia persona y, por tanto, tienen un valor muy relativo, porque como se han adquirido pueden perderse”.
Tenemos algo y creemos que si lo perdemos ya no nos van a querer igual, esto nos lleva a fingir, a no ser como somos, a sentirnos vulnerables, y así, cuando llega la enfermedad esta nos hace sentir frágiles, de ahí, la delicadeza en el trato a nuestro amigo enfermo. Decía Madre Teresa de Calcuta, “mi resolución….con los pobres mansa y atenta, con los enfermos extremadamente amable.”
Fue su sensibilidad y su ser afectivo lo que le hacía entender de una manera exquisita el corazón humano, decía de ella misma, “ por naturaleza soy sensible, me gustan las cosa bonitas y agradables, la comodidad y todo lo que puede dar la comodidad- ser amada y amar”, conocía de ese aire que necesita el corazón humano, y así, en otra ocasión, recogerían en las calles de Calcuta, a un hombre de las alcantarillas, lo llevaron a casa, medio devorado por los gusanos y este les dijo: “ He vivido como un animal en la calle, pero voy a morir como un ángel, querido y cuidado”, ¡esto si es morir con dignidad!. Y es que, el hombre sirve por sí y merece ser amado y respetado por sí también, vale lo mismo la vida de un embrión o un tetrapléjico que la de un director de una multinacional, un prestigioso científico o un guapo y talentoso actor de cine.
Solo desde el mimo exquisito al corazón del hombre, este será capaz de devolver una sonrisa, el ser humano que ha nacido para amar y ser amado, sonríe cuando ama y cuando se siente amado. Comentaba un médico neurólogo, que a su consulta llegaban chavales con problemas serios de epilepsia, algunos con diez o doce ataques diarios, y así llevaban quince años, estos necesitan como único remedio a su enfermedad una cirugía, la mayoría llegaban solos, muchos de ellos estaban acogidos en centros públicos abandonados por la desesperación de sus familiares, pero un día llegó un crío acompañado de su madre, esta llevaba catorce años atendiendo a su hijo en cada ataque de epilepsia, y en cada ocasión le limpiaba la saliva con un pañuelo y le besaba, además les comentaba que era el mejor hijo del mundo. Ante aquello, el servicio médico perplejo, por no ser lo habitual y ante la mirada amorosa de su madre, se encontraron tratándole con un especial cariño.
Y es que, la mirada amorosa del que nos quiere, las caricias y los besos del que nos ama, las dulces palabras del que nos acompaña, es su gesto amable el que nos sube la autoestima, nos eleva en nuestra dignidad, nos hace sentir valiosos, y cuando nos preguntamos porque nos quieren y no encontramos otra respuesta que, la de que porque somos como somos, es entonces cuando nos sentimos felices, y por esto, sí sonríe nuestro corazón.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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