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La mezcla de churras y merinas

16 noviembre 2008

Parece obvio… pero si lo escribo es porque compruebo que no lo es: para poder opinar sobre una película, primero hay que verla. Para opinar sobre un libro, antes hay que leerlo. Para opinar sobre una persona… bueno, mejor no opinar sobre las personas, por el alto riesgo de equivocarse. Centrémonos en las películas. A pesar de que parece y es obvio, compruebo que hay mucha gente que se permite hablar bien o mal de las películas… ¡sin haberlas visto! En consecuencia, su criterio para opinar no es cinematográfico, nada tiene que ver con que la película tenga ritmo o sea aburrida, no está basado en la fotografía, los actores, el guión, la música, el montaje… no. Son comentarios inspirados en el siguiente principio: “quien no piensa como yo, es imbécil y merece mi reproche, haga lo que haga. Y quien piensa como yo, es una persona estupenda, ella y todas sus obras.”

Se entenderá mejor con casos concretos: ¿Dicen que la película es una defensa de la vida? (“Bella”, de Alejandro Monteverde) ¡Entonces es buena! –dirán los defensores de la vida-, entonces es mala –dirán los defensores de la muerte. Me han contado que la película ridiculiza a quienes creen en Dios (“Camino”, de Javier Fesser).  Entonces es buena –dirán los enemigos de la fe-, por lo tanto es mala, concluirán los creyentes. ¿El director vota al mismo partido político que yo? Pues es buena su película… ¿Qué vota a otro? Es mala. En resumen, no se juzgan las películas, sino las ideas subyacentes. Por eso, no hace falta ni siquiera verlas para poder opinar, puesto que no se tiene en cuenta su valor artístico, sino el ideológico. Si conocemos la ideología o los valores defendidos por el autor…. basta. De este modo, se funciona por la vida con pre-juicios, no con juicios. Es la muerte del cine como expresión artística. Es el uso del cine como herramienta propagandística. Es la manipulación de los espectadores, a quienes se les priva del placer estético, sustituido por el combate ideológico.

Ahora, traslademos este fenómeno al campo de la pintura e imaginemos el resultado. ¿Qué representa este cuadro? ¿Una gran ciudad? Entonces es malo –dirán los defensores de la vida en el campo-, entonces es bueno, dirá el alcalde de la ciudad pintada. ¿Un cuerpo desnudo? Entonces es malo, dirán los pudorosos, o es bueno, dirán los nudistas. El cuadro que represente a un rey será un buen cuadro, si el rey fue bueno; será un mal cuadro si fue un malvado. Si el pintor era un mujeriego, sus cuadros no valen nada. Si era fiel esposo… ¡qué grandes cuadros nos dejó!

Concluyo con una reflexión que también puede sonar a obviedad: se puede hacer una película mala, malísima… que defienda ideas buenas, buenísimas. Y se puede hacer una magnífica película, proponiendo al espectador ideas perjudiciales. En el primer caso, es lamentable que la rectitud de ideas no vaya acompañada de un empeño serio por presentarlas de modo atractivo. En el segundo caso, lo lamentable es que el talento artístico de su autor esté al servicio de la difusión de valores erróneos. Pero eso no le quita puntos para ganar un Goya, un Oscar, o el premio cinematográfico que merezca, mientras el primero recibe… ¡tomates! Si el arte está empañado de ideología, se convierte en propaganda. Si lo que se premia son los valores, no debe concederlos una organización cinematográfica, sino una entidad educativa o social. Porque el cine es arte, y el arte es creatividad, comunicación y libertad. De lo contrario, acabaremos diciendo sandeces como ésta que tuve el privilegio de escuchar: “A mí no me gusta el cine español, que no veo desde hace 20 años.
Juan Manuel Cotelo, director de cine

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