Los rusos de Cuba viven en el comunismo y la nostalgia
26 octubre 2008
Acostada en una cama de hospital frente al mar, Marina Chatsova, 62 años, no sueña con ver el sol sino “la nieve y el frío” de Rusia. Luego de 31 años en Cuba, renunció con “la muerte en el alma” a “terminar sus días en su país”. Después de cuatro meses en un hospital de La Habana tras una operación de corazón, con su esposo cubano -un retirado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias- a los pies de la cama, esta mujer de mirada clara observa sin ilusión el reciente acercamiento entre dos ex aliados de la Guerra Fría.
Moscú y La Habana serán siempre “amigos lejanos”, obligados por la distancia geográfica, estima esta mujer que “no podía imaginar la desaparición de la URSS” cuando siguió a su esposo hasta la isla comunista en 1977. “Nadie puede así prever el futuro de Cuba”, donde ha comenzado un tímido proceso de cambios tras la llegada al poder de Raúl Castro en febrero pasado, añade esta ex profesora de química y física oriunda de Leningrado, como sigue llamando a San Petersburgo (noroeste de Rusia).
“Si pudiera volvería a Rusia. Pero todos mis familiares murieron allí y tengo un marido que no quiere dejar su país”, dice Chatsova, todavía “deslumbrada” por su último viaje a Rusia en 2006 para reclamar “su pensión rusa”, tras una pausa de 11 años, ante la falta de dinero. En la época soviética, miles de asesores rusos en los terrenos militar, técnico o agrícola se instalaron en Cuba, poco después de la Revolución de 1959, como mostró la crisis de los misiles de 1962 entre Moscú y Washington, que puso al mundo al borde de una guerra nuclear.
Muchos rusos fueron llamados de regreso al país cuando la Perestroika, y luego después de la desintegración de la URSS en 1991, un acontecimiento que generó una grave crisis económica a Cuba, que dependía del comercio y los créditos soviéticos. “Fue un periodo muy difícil tanto para Cuba como para Rusia. Pero nunca sentí resentimiento de los cubanos hacia mí”, contó Natalia Kourakina, una química de 61 años, instalada desde hace tres décadas en Cuba.
El “golpe de gracia” a la presencia rusa lo dio Vladimir Putin, entonces presidente y actual Primer Ministro, que decidió cerrar a fines de 2001 la base de espionaje electrónico de Lourdes, en las afueras de la capital, considerada la última ‘‘reliquia” de la Guerra Fría. Esta decisión, adoptada en forma “unilateral” según Fidel Castro, terminó de enfriar las relaciones entre los dos países.
Los rusos que se quedaron en la isla -unos 3.000 actualmente- son en su mayoría mujeres como Marina o Natalia que se casaron con cubanos que habían ido a la URSS a estudiar, indicó la embajada rusa en La Habana. Pero con la caída del nivel de vida en Cuba, “ya no tengo los medios para pagarme un billete de avión para ir a Rusia”, subraya Kourakina, que habría vuelto a su país si no fuera por su marido y sus dos hijos establecidos en la isla.
Esta mujer que se manifiesta atea no pudo evitar sin embargo asistir el domingo pasado, en el barrio histórico de La Habana, a la inauguración de la primera catedral ortodoxa rusa en tierra cubana, en presencia del presidente Raúl Castro y del número dos del Patriarcado de Moscú, el metropolita Kiril. Fidel Castro calificó de “monumento a la amistad cubano-rusa” esta iglesia que, para el embajador ruso Mikhail Kamynine, es muestra que Moscú y La Habana han cambiado mucho desde la época soviética.
Pero para Marina Chatsova, los “símbolos” no quieren decir gran cosa en una cama de hospital, mientras se pregunta cuándo podrá volver a ver a su único hijo, un médico emigrado en Miami, en el país “enemigo”, entre otros exiliados rechazados por las autoridades cubanas. “Es terrible, lo sé, pero es mi hijo…”.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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