El acontecimiento cristiano en la literatura contemporánea (V)
26 octubre 2008
Aquel comandante de tropa, que con su dedo apuntaba a la noche en la novela de Céline, no podía imaginarse que a la noche señalada, le sucedería una negrura mayor, la nueva guerra que Virginia no pudo alcanzar, pero a la que el vienés Hermann Broch le puso epitafio con La muerte de Virgilio, aparecida en 1945. Después de las dos confrontaciones, el mundo que se inauguraba se parecía a la teoría del “palco vacío” del autor. En los teatros de todas las ciudades del antiguo imperio habsbúrguico, existía un palco para la eventual visita del soberano que, como es obvio, no aparecía nunca por allí, de modo que el centro ideal de esa civilización era… algo que faltaba, que no estaba y que se afanan en cubrir con una gran profusión de ornamentos eléctricos, como los edificios falso-renacentistas o falso-góticos del Ring vienés. Era la irrealidad de un mundo sin valores. “En Los sonámbulos o Los inocentes, Broch representa la alienación del individuo que una vez ha perdido un sistema de valores, lo reemplaza con ficticios y míseros simulacros, con los ídolos psicológicos, ideológicos o sentimentales que fabrica la opinión corriente; este individuo es el sonámbulo, que no quiere darse cuenta que duerme o vaga en la irrealidad”.
Al incorporar la figura del sonámbulo, del que no se espera ni itinerario, ni crítica, ni propuesta, Broch nos abre el pórtico de Auschwitz. La Europa sonámbula permite, con negligencia de durmiente, que se ponga en funcionamiento un engranaje de desintegración de lo humano. “El sueño que el hombre de Occidente ha concebido en el siglo XVIII, del que creyó ver la aurora en 1789, que hasta el dos de agosto de 1914 se alimentó del progreso de la Ilustración, de los descubrimientos de la ciencia, ese sueño ha acabado, para mí, por disiparse frente a esos vagones atestados de niños y, no obstante, ni se me pasó por la cabeza que fuesen a alimentar las cámaras de gas y los crematorios”. El escritor Elie Wiesel era un adolescente cuando en 1944 fue trasladado con su familia al campo de concentración de Auschwitz, y más tarde a Buchenwald. En Noche recoge sus memorias, desde la muerte de los miembros de su familia, hasta la muerte de su propia inocencia. Así lo cuenta, de forma cadenciosa, remitiendo a cada palabra un lastre de imposibilidad de curación: “Nunca olvidaré el humo. Nunca olvidaré las pequeñas caras de los niños, cuyos cuerpos los vi transformados en humo bajo el cielo silencioso. Nunca olvidaré aquellas llamas que consumieron mi fe para siempre. Nunca olvidaré aquel silencio nocturno que me privó para toda la eternidad del deseo de vivir. Nunca olvidaré aquellos momentos que acabaron con mi Dios y con mi alma, y transformaron mis sueños en cenizas. Nunca olvidaré todas las cosas, incluso si yo fuera condenado a vivir tanto como Dios vive”.
En este texto, Francoise Mauriac nos habla del Wiesel niño como un “elegido de Dios”. Desde el momento en que empezó a pensar, vivía sólo para Él, estudió el Talmud, se inició en el estudio de la Cábala, estaba dedicado completamente al Altísimo. “¿Alguna vez hemos considerado la muerte de Dios que sucede en el alma de un niño, que de repente se enfrenta al mal absoluto?”. Y recuerda las terribles palabras de Wiesel: “Yo era el acusador y Dios el acusado. Mis ojos se habían abierto y yo estaba solo en un mundo sin Dios y sin hombre. Sin amor o misericordia”.
Es la noche cerrada, el cénit de la amargura. La literatura concentracionaria lleva el sello de revestirse de interrogantes, ¿cómo es posible?, ¿qué nos ha pasado?, ¿habrá vida más allá de tanto dolor? Dios es el paredón donde se apoyan las dudas. Un Dios desintegrado por la violencia del hombre.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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