Desde el bosque
26 octubre 2008
En sus Meditaciones sobre el Quijote, Ortega narra las reflexiones que nacían en su mente cuando paseaba por el bosque de la Herrería, junto al Monasterio de San Lorenzo del El Escorial.
Muchas veces he paseado por ése bosque y como Ortega –si bien salvado las distancias siderales que separan mis humildes capacidades de las suyas- he reflexionado también. Una de las cosas sobre las que he pensado más es sobre esa frase orteguiana que dice que el entorno en el que vivimos –para Ortega eran los campos de Ontígola y los puertos de Guadarrama- forman la otra mitad de nuestras personas.
Yo, como Ortega, pienso que “sólo a través de él”- a través de lo que él llama “ese sector de realidad circunstante”- “puedo integrarme y ser plenamente yo mismo. Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.
En efecto, estamos unidos a lo que nos rodea como una célula lo está a un organismo mayor. Y tener conciencia de ello es barruntar la existencia del Ser que rige el cuerpo del que somos humildes células. Así me siento yo en este bosque, que por cierto también se llama de los ermitaños (por los que hubo en él un día).
En los tiempos de hoy creo que es importante que escuchemos lo que nos se nos muestra a través de la Naturaleza. ¿Cómo vamos a entender ,por ejemplo, lo que es el Derecho Natural si estamos perdiendo aún la noción de lo natural?. A la defensa de lo natural dedicaré pues, mis colaboraciones aquí, con la humilde autoridad que me da haber dedicado mi vida a la Naturaleza. Pero que nadie espere que lo haga desde ciertas ópticas que, pese a creerse las más modernas (y progres) están realmente bastante des-naturalizadas.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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