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¿Quién se chupa el dedo?

26 octubre 2008

Cuidado con la censura, que bloquea el progreso científico y prostituye la actividad legislativa. Cuidado con callar titulares tan estimulantes como éste de “L’Osservatore Romano” [edición diaria en italiano, 20-21 octubre 2008]: “Los niños descubren el mundo aún antes de nacer”. ¿Un tema reiterativo? Lo dudo; sería cruel ese adjetivo ante un drama: los niños también sufren el mundo antes de nacer.

Esta semana proponemos el itinerario de vida que traza Carlo Bellieni en el diario de la Santa Sede [http://www.vatican.va/news_services/or/home_ita.html]. La sobriedad de estas páginas romanas le atribuyen su pertenencia al complejo hospitalario de la Universidad de Siena. Añadimos algún dato: es un célebre neonatólogo italiano, curtido en terapia intensiva del recién nacido, del prematuro, investigador de la vida fetal, miembro de la Pontificia Academia para la Vida.

“La prestigiosa revista médica ‘Metabolism’ informa en el suplemento de octubre de 2008 de descubrimientos sorprendentes: los gustos del niño se forman durante la vida fetal, por efecto de lo que su mamá come”: así arranca Bellieni su artículo, llevándonos de la mano a ese entorno ingrávido donde el feto chupa y saborea en el líquido amniótico los alimentos maternos. Es “sólo un ejemplo, pero muy claro, de la luz que los estudios de los últimos años han aportado al mundo de la vida prenatal”, aplaude el neonatólogo.

¿Hablábamos de titulares estimulantes? Es que el feto es “multisensorial”, “percibe y responde a estímulos externos, a pesar de la inmadurez de su sistema nervioso”. Más aún: tales estímulos son indispensables para su desarrollo y “para habituar al feto a la vida y a los estímulos que le esperan en el exterior”. Demostrado que existe “memoria fetal”, porque “el feto oye y recuerda las voces que percibió antes de nacer”. Por cierto, en el hospital de Port Royal (París) existe un centro de investigación de estos temas. Es otro apunte de Bellieni, junto a un recordatorio: “si se deja oír a un neonato la voz de su mamá en cuanto nace, la identifica enseguida entre varias voces, señal de un ‘conocimiento’ prenatal”.

Más pasos adelante sin miedo a las palabras del especialista: “Un aspecto particularmente importante de la sensorialidad fetal es la sensibilidad al dolor. Los primeros estudios en este campo se remontan a los años ’80, cuando el estudioso Sunny Anand comenzó a derribar los prejuicios que rodeaban no sólo el dolor del feto, sino incluso el del neonato”. Posteriormente un estudio del “Imperial College” de Londres en fetos de 19 a 34 semanas de edad gestacional “muestra claramente una respuesta del feto al dolor, caracterizada por el aumento de las hormonas indicadoras de estrés y dolor: adrenalina, cortisol y endorfinas”.

De esto se hizo eco la revista “Lancet” en 1994. Y en “Neonatal Pain” (2008) la investigadora Vivette Glover concluye que “es posible que alguna experiencia de dolor comience hacia las 20 semanas”. Y aunque en 2006 una reseña del “Jornal of American Medical Association” dudara que el feto pudiera experimentar dolor antes del tercer trimestre, la revista oficial de la Asociación Internacional de Estudio del Dolor (IASP) subrayó que “la inmadurez de las neuronas de la corteza cerebral no es suficiente para excluir el dolor fetal”, cita el doctor Bellieni, añadiendo que la prestigiosa revista médica “Archives of Disease in Childholl” publicó “on line” hace tres años las imágenes de un feto que llora sobresaltado por un ruido. 

Otra confirmación del médico italiano que firma en “L’Osservatore Romano”: “Es tan clara la evidencia del dolor fetal que ya se debaten cuáles son los mejores analgésicos para el feto y las mejores vías de suministración”.

Llama la atención el aplomo y la serenidad de Bellieni, científico, en sus reflexiones finales: “Ulteriores investigaciones muestran que podemos aprovechar, en interés de la salud de los ‘nascituri’, estos nuevos conocimientos sobre las capacidades fetales de percibir los estímulos y de responder a ellos, para hallar nuevos medios diagnósticos y terapéuticos y para una correcta y consciente información de la mujer. En cambio, censurar la vida y la humanidad del feto es censurar estas posibilidades de la investigación científica y una aproximación serena al embarazo”.

¿Qué decir de los países que debaten la ley del aborto u ostentan su práctica con el beneplácito del legislador? Contesta Bellieni, siempre sereno: “Deben tener en cuenta esta evidencia, para no limitarse a discursos ideológicos que consideran al feto como un apéndice de la madre: conocer la verdad es una obligación para todo legislador y es un derecho de toda mujer. Toda esta evidencia científica muestra de hecho los rasgos humanos del feto, y no tenerla en cuenta en las últimas decisiones sería una censura injusta”.

Hay quien resopla por los “repetitivos” artículos que defienden la vida. Pero, ¿cuántos habría que escribir para, al menos, llorar un solo aborto que haya suprimido a un bebé? ¿Y cuántos habría que publicar? ¿Cuántos medios hacen hueco en sus páginas y en sus emisiones a este drama? Que del feto llega “un grito silencioso” ante el dolor (también del aborto) lo sabemos hace más de veinte años. Y la ciencia lo sigue confirmando. Otros, prefieren taparse la nariz en lugar de admirar el universo ingrávido y protector del feto, el único que tiene derecho a chuparse el dedo.

Marta Lago

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