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¿Crisis económico-financiera o crisis ética?

19 octubre 2008

Estamos inmersos en una crisis de confianza, pues los Bancos no se fían unos de otros, y no se prestan dinero entre ellos. Consecuencias: no hay liquidez bancaria, se restringen los créditos a las empresas y a los particulares, las empresas no disponen de capital circulante y no pueden funcionar por lo que hacen expedientes de regulación de empleo o quiebran y cierran definitivamente, el paro crece cuantiosamente, cada vez se hace más difícil pagar las hipotecas, las ventas de pisos caen vertiginosamente, las inmobiliarias van desapareciendo, las Bolsas ven cómo se desploma la cotización de los valores mobiliarios, los ingresos públicos disminuyen y nadie invierte ante las incertidumbres futuras. La crisis del sistema financiero ha llevado a la crisis de la economía real.

Pero, ¿por qué se ha producido la crisis financiera?. Principalmente por el ansia infinita de lucro que ha guiado a los Bancos, a las Cajas de Ahorro, a ciertas compañías aseguradoras y, entre otros agentes, a los vendedores de hipotecas; pues éstos llegaron al extremo de facilitar hipotecas hasta a los que no tenían dinero para comprar nada, y mucho menos, un piso o una casa.

Los vendedores de hipotecas les decían a esos indigentes que no temieran endeudarse con una hipoteca, porque como los bienes inmobiliarios aumentaban incesantemente su precio, siempre podría vender su propiedad inmobiliaria y amortizar su hipoteca o que, en el peor de los casos, podrían dejar de pagar la hipoteca y que su Banco se quedara con su piso o casa, con lo que, al fin y al cabo, habrían disfrutado de su inmueble durante un periodo más o menos largo. ¡Qué astutos los vendedores de hipotecas, los alquimistas del siglo XXI!. Mediante la venta de hipotecas todo se podía transformar en oro, en vivienda disponible…a crédito.

Su “magnífica” actitud vendedora les parecía muy bien a sus jefes banqueros, a los promotores inmobiliarios, al Estado que recaudaba integro el I.V.A. de los pisos vendidos e hipotecados y a los políticos que gobernaban las corporaciones locales que prosperaban con el cobro de los impuestos que gravan a la vivienda. ¡Todos se enriquecían con el auge inmobiliario!.

Solamente la economía de mercado se lamentaba y estaba triste. Sus reglas estaban siendo vulneradas por los inmorales especuladores. La falta de regulación era un buen caldo de cultivo para el aumento incesante de la actividad inmobiliaria, con la consiguiente expansión económica y financiera. La vieja y experta economía de mercado temía que la burbuja inmobiliaria acabara explotando cuando flojease la demanda de obra nueva mientras que la oferta de pisos crecía más y más.

Pero nadie quería tener en cuenta esa amenaza ni, mucho menos, esa sabiduría popular que dice que “la avaricia rompe el saco”.

El caso es que, en un momento dado, los precios de la vivienda nueva comenzaron a bajar ante la declinante demanda. La venta de pisos disminuyó, a pesar de la actividad de los vendedores de hipotecas. La construcción de pisos se redujo. Muchos trabajadores tuvieron que irse al paro, y algunos de ellos dejaron de pagar sus deudas, incluso las hipotecarias.

Los Bancos, para que sus cuentas de beneficios no se deterioraran, decidieron traspasar sus títulos hipotecarios de dudoso cobro a otras entidades financieras quienes, a su vez, las disfrazaron de inversiones óptimas y las vendieron a sus desinformados clientes.

Poco a poco, los Bancos, las demás entidades financieras y ciertos clientes fueron descubriendo la mala calidad de sus paquetes de cédulas inmobiliarias, al comprobar la tasa de morosidad que contenían. Los Bancos comenzaron a desconfiar de las otras entidades bancarias o financieras. La falta de liquidez se generalizó, pues los Bancos temían prestar a otros Bancos. La concesión de préstamos a las empresas y a los particulares se restringió al máximo. Mientras desaparecía la confianza mutua entre las entidades financieras, los Bancos trasladaron también su desconfianza hacia la solvencia de las empresas, especialmente a las inmobiliarias.

La crisis se generalizó a todos los países desarrollados. Inicialmente, fue una crisis financiera. Después, una crisis económica. Luego, una crisis social. Ahora, y siempre, una crisis ética, porque:

los vendedores de hipotecas para ganar más dinero colocaron hipotecas a personas insolventes.

Sus jefes banqueros las aceptaron a sabiendas, por su desmedido afán de lucro, pero “le pasaron el muerto” a otras entidades financieras.

Los especuladores, sobre todo los inmobiliarios, solicitaron desregulaciones del mercado e incentivos a las autoridades económicas, para que se fortaleciese la demanda de vivienda artificialmente.

Finalmente, los gobernantes desregularon la economía al máximo, para facilitar el tráfico mercantil, aumentar los ingresos públicos y servir a los poderes fácticos, especialmente al sistema financiero, cuyas entidades seguían obteniendo los mayores beneficios de su historia.

En este marco de capitalismo salvaje, y dado que la economía de mercado tiene mecanismos autorreguladores a medio y largo plazo, la crisis era inevitable, antes o después. Muchos dirigentes políticos y económicos lo sabían pero, con visión de corto plazo, prefirieron ignorarlo.

La economía de mercado fue explotada y manipulada interesadamente. No ha fallado el sistema capitalista. Ha fallado la no existencia de suficientes mecanismos reguladores de las deficiencias del mercado. Algunos poderosos agentes económicos, faltos de ética o manifiestamente inmorales, han vulnerado, en beneficio propio, las reglas del mercado, abusando de la libertad económica y social.

Ahora, los ricos países integrantes del G-8, los del G-20, la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional, los Bancos Centrales, los Estados, todos buscan soluciones a la crisis. Para que la economía no entre en recesión y, mucho menos, en una profunda depresión, los políticos han decidido ayudar masivamente. ¿A quién?. ¿A los ciudadanos y a las empresas?. Tal vez, pero indirectamente. De momento, se han volcado en ayudar a los Bancos y a otras entidades financieras en apuros con millones y millones de euros o de dólares. ¿Cómo se financiará esa ayuda?. Obviamente, con el dinero de los ciudadanos, vía impuestos o, para que sea más factible y más aceptable, con Deuda pública, que tendrá que ser devuelta y amortizada con el dinero que se irá obteniendo de los ciudadanos.

Ahora, paradójicamente, los que han creado o fomentado la crisis van a beneficiarse con millonarias ayudas estatales. Caso contrario, según dicen los banqueros y sus acólitos, los políticos, todo el sistema económico se hundiría y entraríamos en una gran depresión. El gran chantaje está servido. La crisis financiera podrá paliarse, pero la crisis ética continuará indefinidamente, en beneficio de unos pocos avispados inmorales.

¿Tiene alternativa esta situación de ausencia de ética?. A corto término, es posible que no, pero a largo plazo sí: basta aplicar a la economía los principios y las medidas correctoras del mercado que propugna la doctrina social católica. Hay que desterrar el actual capitalismo salvaje e instaurar una verdadera economía social de mercado, que esté al servicio de la humanidad y no de los especuladores y de los agentes económicos que desprecian la ética, guiándose únicamente por la obtención del máximo lucro, caiga quien caiga.

Actualmente, es necesario y urgente refundar el capitalismo.

Joaquín Javaloys. Economista del Estado y escritor.

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Commentarios

One Response to “¿Crisis económico-financiera o crisis ética?”

  1. magnolia on junio 19th, 2011 1:53

    no me gusta ok mensoz

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