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Los signos de la muerte

12 octubre 2008

Hablamos también del momento en que sobreviene la muerte en el ser humano, ¿cuándo sucede?, ¿en el caso de “muerte cerebral”, o cuando ocurre un falló cardíaco? Estuvo con nosotros, Pablo Marina, que ha realizado una tesis doctoral sobre transplantes de órganos. Por su interés reproducimos un artículo recientemente publicado en el “L’Osservatore Romano”, en el que la doctora Lucetta Scaraffia arroja a la arena del debate médico, una reflexión a 40 años del informe Harvard.

Cuarenta años atrás, a fines del verano de 1968, el llamado “Informe de Harvard” cambió la definición de muerte, basándose ya no en la detención del sistema cardiocirculatorio, sino en el encefalograma llano: desde entonces, el órgano indicador de la muerte ya no es solamente el corazón, sino el cerebro. Se trata de una mutación radical del concepto de muerte – que ha resuelto el problema de la separación de la respiración artificial, pero que sobre todo ha hecho posible los trasplantes de órgano – aceptada por casi todos los países avanzados (donde es posible realizar estos trasplantes), excepto en Japón.

También la Iglesia Católica, al consentir el trasplante de órganos, acepta implícitamente esta definición de la muerte, pero con muchas reservas. Por ejemplo, en el Estado de la Ciudad del Vaticano no se utiliza la certificación de la muerte cerebral. Para recordar este hecho se hace presente ahora Paolo Becchi, el filósofo del Derecho, en un libro (“Morte cerebrale e trapianto di organi”, Morcelliana) que – además de rehacer la historia de la definición y de los debates acontecidos en los años Setenta, entre los cuales el más importante es sin duda aquél del que fue protagonista Hans Jonas -, afronta con claridad la situación actual, mucho más compleja y controversial.

El motivo para esta nueva definición ha sido aceptada tan rápidamente está en el hecho que ella no ha sido leída como un cambio radical del concepto de muerte, sino solamente – escribe Becchi – como una “consecuencia del proceso tecnológico que puso a disposición de la medicina más confiable instrumentos para reemplazar la pérdida de las funciones cerebrales”. La justificación científica de esta elección reside en una peculiar definición del sistema nervioso, hoy nuevamente en discusión a causa de nuevas investigaciones, que ponen en duda precisamente el hecho que la muerte del cerebro provoque la desintegración del cuerpo.

Como demostró en 1992 el caso clamoroso de una mujer – caída en un coma irreversible y declarada cerebralmente muerta antes que los médicos se percataran que estaba encinta -, a la que se decidió hacerle continuar el embarazo, el cual prosiguió regularmente hasta que culminó en un aborto espontáneo. Este caso y luego otros análogos concluidos con el nacimiento del bebé han puesto en duda la idea que en esta condición se trata de cuerpos ya muertos o de cadáveres de los que se pueden extraer órganos. En consecuencia, parece que Jonas ha tenido razón cuando sospechaba que la nueva definición de la muerte estuvo motivada por el interés, es decir, por la necesidad de contar con órganos para trasplantar, más que por un real avance científico.

Naturalmente, en forma intencionada se ha abierto en el mundo científico una discusión, en parte recogida en un volumen, editado por Roberto de Mattei, “Finis vitae. Is brain death still life? (Rubbettino), a la que contribuyeron neurólogos, juristas y filósofos estadounidenses y europeos, que están de acuerdo en declarar que la muerte cerebral no es la muerte del ser humano. El riesgo de confundir el coma (muerte cortical) con la muerte cerebral es siempre posible. Esta preocupación fue explicitada por el cardenal Ratzinger en el consistorio extraordinario de 1991, en su exposición sobre el problema de las amenazas a la vida humana: “más tarde, aquéllos a quienes la enfermedad o un accidente hicieron caer en un ‘coma irreversible’, serán con frecuencia puestos a la muerte para responder a los pedidos de trasplantes de órganos o servirán, también, para la experimentación médica (“cadáveres calientes”)”.

Es obvio que estas consideraciones presentan nuevos problemas para la Iglesia Católica, cuya aceptación de la extracción de órganos a pacientes cerebralmente muertos, en el marco de una defensa integral y absoluta de la vida humana, se rige solamente por la presunta certeza científica que los considera efectivamente cadáveres. Pero al ponerse en duda los criterios de Harvard se presentan otros problemas bioéticos para los católicos: la idea que la persona humana cesa de existir cuando el cerebro no funciona más, mientras su organismo – gracias a la respiración artificial – se mantiene con vida, comporta una identificación de la persona exclusivamente con la actividad cerebral, lo cual entra en contradicción con el concepto de persona según la doctrina católica, y en consecuencia con las directivas de la Iglesia frente a los casos de coma continuo. Como ha hecho notar Peter Singer, quien se mueve en posiciones opuestas a las católicas: “Si los teólogos católicos pueden aceptar esta posición en caso de muerte cerebral, deberían estar en condiciones de aceptarla también en casos de anencefalia”.

Al insistir en esta cuestión, Becchi escribe que “el error, cada vez más evidente, ha sido el de haber querido resolver un problema ético-jurídico con una presunta definición científica”, mientras que el dilema de los trasplantes “no se resuelve con una definición médico-científica de la muerte”, sino a través de la elaboración de “criterios ética y jurídicamente sostenibles y compartibles”. La Pontificia Academia de las Ciencias – en los años ’80 se había expresado a favor del “Informe de Harvard” – ha vuelto en el año 2005 sobre el tema, con un congreso sobre “los signos de la muerte”. El cuadragésimo universitario de la nueva definición de muerte cerebral parece reabrir entonces la discusión, tanto desde el punto de vista científico general como en el ámbito católico, en cuyo interior la aceptación de los criterios de Harvard se constituye en un trampolín decisivo para muchas otras cuestiones bioéticas que hoy se plantean, y para el cual, al mismo tiempo, es oneroso volver a poner en discusión uno de los pocos puntos concordantes entre laicos y católicos en las últimas décadas.

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Commentarios

One Response to “Los signos de la muerte”

  1. jose morales on octubre 27th, 2008 17:47

    mire una pregunta que le queria ase sobre los diferentes signos de las muerte que se presenta en la personas

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