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Las necesidades energéticas y comerciales marcan un nuevo mapa internacional

12 octubre 2008

David Miliband es el Ministro de Exteriores británico y, recientemente, ha sido muy claro en unas declaraciones a la prensa sobre la necesidad de reflexionar sobre el hecho de que las necesidades energéticas y comerciales amenazan con reconfigurar el mapa geopolítico.

El caso más palmario es el de Rusia y Georgia. Por fin nos hemos enterado por qué Rusia tiene tanto apego a las regiones de Osetia y Abjasia. No es por una cuestión de exclusiva reafirmación de poder, sino de necesidades energéticas. La declaración rusa en favor de la independencia de Abjasia, le aproxima a los puertos de este territorio ribereño del Mar Muerto y le permite operar sobre los puertos de esta república autónoma. “Si geoestratégicamente era relevante para Rusia esta región -dice el catedrático Jaime Lamo de Espinosa- (pues muy cerca, el Caspio es la segunda reserva  mundial de hidrocarburos), aún más lo es ahora en razón de la importancia creciente del Mar Negro y su salida al Mediterráneo en el comercio de cereales”.

En el Mar Negro convergen una serie de vías fluviales y ferroviarias que llevan los cereales de Asia central, Siberia Occidental y Europa Oriental hacia sus puertos, y sobre todo a los puertos de aguas profundas de Ucrania, país que siempre ha sido el granero de Europa (famoso por su importante puerto de Odessa).

O sea, que en el área que circunda el Mar Negro, converge la producción de más de 300 millones de hectáreas agrícolas, que se sitúan entre las más fértiles del mundo. Rusia ha manifestado en muchas ocasiones su intención de elevar al máximo su potencial cerealístico para el consumo interior, la ganadería y la exportación. Y también para biocombustibles. De ahí que Ucrania sea una perita en dulce para Rusia, es el primer país exportador de aceite y granos de girasol, y está acelerando sus programas de colza para biocombustibles.

¿Hacia dónde deberíamos de tirar los europeos? Según el ministro británico, la Unión Europea debe establecer un nuevo rumbo global hacia una economía baja en carbono, por aquello de no cargarnos el planeta. “La dependencia de nuestros suministros de petróleo y gas -dice- es ahora una causa primaria de la inflación global”. Con lo cual, si construimos una economía baja en carbono, matamos dos pájaros de un tiro: no sólo limitaremos las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que reduciremos también las presiones sobre la inflación.

Comercio y energía baja en carbono: los retos del siglo XXI.

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