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“La secuestrada de Poitiers”, de André Gide

12 octubre 2008

En 1930, preocupado siempre por el problema de la justicia y de la verdad, André Gide funda en la Nouvelle Revue Française una colección de título elocuente: ‘Ne jugez pas’. Se propone exponer ahí una documentación ‘auténtica en la medida de lo posible’ sobre casos criminales que escapan a las reglas de la psicología tradicional y desconcertantes para la justicia. El primer expediente reunido por él fue el de La secuestrada de Poitiers: el 22 de mayo de 1901, el procurador general de Poitiers supo por una carta anónima que la señorita Melanie Bastian, de 52 años, estaba encerrada desde hacía 25 años en la casa de su madre (viuda del antiguo decano de la Facultad de Letras de Poitiers), en una recámara sórdida, donde vivía en medio de basura y en la oscuridad más completa. ¿Cómo este caso, en que la culpabilidad de la señora Bastian y de su hijo parecía evidente, pudo desembocar en la liberación de los inculpados? La exposición de André Gide permite comprender esta decisión y aclara magistralmente este caso, que se ha convertido en legendario.

Legendario porque los surrealistas creyeron encontrar en el relato de Gide, justificaciones para sus críticas a la sociedad burguesa, bienpensante, satisfecha.

En el prólogo de la edición que tengo entre manos hay una cita del mismo Gide: “Muchas veces basta reunir una cantidad de hechos muy simples y muy naturales, tomados por separado, para obtener un conjunto monstruoso”.

Lo que más llama la atención es cómo el hermano de la secuestrada puede hacer una vida paralela con toda normalidad. Pero es más, se dedica a echar una mano a asociaciones de ex-combatientes de la guerra de 1870. Realiza conferencias sobre la asistencia a soldados heridos. Además, era un artista, un hombre cultivado que pintaba acuarelas. ¡Y su conciencia no le acusaba nada!

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