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Darío Villalba y el hombre

5 octubre 2008

Darío Villalba dice que la fotografía es pintura y la pintura, fotografía. El aserto descoloca, porque es como decir que el pie es la mano y la mano, el pie. Ambos coinciden en que son miembros, vale, pero los usos son distintos, no nos llevamos los calcetines a las manos, ni contabilizan los goles que se meten con el puño (bueno, en esto hay excepciones). Pero cuando has visto la obra del artista vasco, entiendes que se ponga tan estupendo. En Madrid podemos contemplar su trabajo más reciente en la galería Marlborough, hasta el 11 de octubre. En sus fotos siempre apunta la pintura, quiero decir, que en su pintura habita el peso de la fotografía. ¿Lo ven? He caído en su hechizo, porque no aciertas a ver las lindes de las técnicas que usa.

Además, su temática me atrapa, la presencia de ese dolor que pasa inadvertido, el de los sin techo, los desarraigados, los pobres, los locos, aquellos que habitan en los arrabales de las noticias. En la galería Marlborough hay un tríptico sorprendente sobre un niño gitano. Villalba comenta: “creo que refleja mi estado actual estético, reforzando siempre los parámetros de la energía y piedad en la sacramental del ser humano, rescatando siempre las imágenes que me producen más vértigo”. La terminología del artista es evocadora de una literalidad espiritual sobre el hombre.

En tiempos en los que el ser humano se trae y se lleva como una mercancía en manos de los estibadores del muelle, y sentamos al simio a tomar un Ribera del Duero a la mesa, la pausa de la piedad sobre el hombre es ya una felicidad. Oscar Wilde, cuando sufrió su paso por la cárcel de Reading, dijo aquello de que encontrarse con el dolor es siempre ponerse delante de lo sagrado. Ni de lejos Darío Villalba se parece a Damien Hirst, el que envitrina a cebras y tiburones en formol, con el único afán de lucrarse, en Villalba sólo prima la reflexión sobre el hombre.

Cuando el Reina Sofía propuso una retrospectiva de su obra el año pasado, vimos sus “encapsulados”, esculturas de tamaño natural de seres humanos en posición doliente. En el espectador se levantaba un afecto inmediato por ellos, un rigor de hermandad, es el arte, que blande su bisturí para abrirnos las costuras del alma. El recurso casi absoluto a la fotografía, en la presente exposición, enfatiza aún más el encuentro entre espectador y representado. Villalba no presenta iconos sociales, está lejos de los juegos de Andy Warhol con las celebridades del momento, ni saca a la luz lo estrictamente temporal, sino al hombre, y no en su mejor momento, sino cuando necesita ayuda y su miseria apunta a lo sobrenatural. Hay unos versos de Alda Merini que cuentan muy bien todo esto: “Toda cosa bella se vuelve pasajera en las manos de los hombres, pero toda cosa bella, besada por Dios, se vuelve una rosa roja plena de sangre”.

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