Se estrena “Sangre de Mayo”, de Garci
29 septiembre 2008
Garci estrena «Sangre de mayo» en octubre, una película sobre la gesta de un pueblo contra la chulería del invasor, que dura dos horas y media y en la que antes se encontrará un prejuicio que un minuto sin dueño y de más. Una película que se pone al lado, ¡Dios Santo!, de la revuelta contra la Ilustración, que empieza en Galdós y que termina en Goya. Si de algo presume el último cine de Garci, es de la construcción y de la reconstrucción. Reconstruye el relato y la Historia y construye Madrid por barrios. Con la mano prodigiosa de Gil Parrondo, «Sangre de Mayo» levanta aquel Madrid levantisco: el Arco de Cuchilleros, la Puerta del Sol, ¡El Escorial!… todo ello hecho en decorado, y un decorado como el que se ve de El Escorial ha de ser casi tan trabajoso de construir como el propio original. También construye el magro de su película con una historia de amor y penalidades, con un cruce endiablado de intrigas palaciegas y, en general, con todo el contraplano de aquellos días que precedieron al 2 de mayo.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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