Scarlett Johansson tiene toda la razón
28 septiembre 2008
La que fuera musa de Woody, destronada recientemente por Penélope, acaba de hacer unas declaraciones sapientísimas: “Me encanta España y la manera que tienen de divertirse, porque es festiva. La gente no bebe porque esté sola, sino para pasarlo bien”. No es tonta, la Johansson. Hubo un personaje oriental que fue muy leído y utilizado en la literatura norteamericana de principios del XX, especialmente por Scott Fitzgerald, denominado Omar Jayyam. Era un persa viejo y triste. Si no, atentos a esta sentencia: “Bebed porque no sabéis cuándo llegasiteis ni por qué. Bebed porque no sabéis cuándo os iréis ni adónde. Bebed porque las estrellas son crueles, y el mundo tan trivial como una peonza. Bebed porque no hay nada en lo que confiar, nada por lo que luchar. Bebed porque todo degenera en una igualdad soez, y en una paz maligna”.
Son palabras que invitan a la bebida en soledad, de la que habla Scarlett. Nadie en su sano juicio, comparte el dolor con el vino, el vino lleva en el alma una alegría implícita que no se cura sino cuando se comparte. Cuando se bebe en soledad, se bebe para la austodestrucción, como Jospeh Roth, haciendo su recuento de horas en aquel café parisino, al que se le acaercaban las almas en pena de sus amigos, para evitar que acabara por consumirse.
Omar, el persa, es más enemigo de la alegría que los puritanos. Su consumo de vino es malo no porque sea consumo de vino. Es malo y muy malo porque es un consumo médico. Es la forma de beber de un hombre que no es feliz. No es consumo poético, es racional.
Habría que instaurar una nueva sentencia: “Bebe porque eres feliz, pero nunca si eres desgraciado. No bebas nunca si te sientes mal por no beber, o serás como esos bebedores de ginebra de los tugurios, que tienen la cara gris. En cambio bebe si serías feliz sin beber, y serás como el risueño campesino italiano. No bebas nunca porque lo necesitas, pues esto es beber racionalmente, y una vida segura a la muerte. Bebe porque no lo necesitas, pues eso es beber irracionalmente, y en ese acto se encierra la antigua salud del mundo”.
Gracias Scarlett.


En el vídeo que proponemos esta semana, vemos al maestro trabajando en un bosque. Dice que los pájaros cantan mejor al amanecer y al anochecer, porque se quedan fascinados por los colores.
Hace poco tiempo recordaba con un amigo la conversación que mantuvimos este año con una adoradora de la Pachamama. Nos encontrábamos en las alturas de Machupichu que cantara Neruda, y la fichamos como guía. Al final del recorrido de siete horas (un plus de cuatro más allá de lo que ajustamos), la invitamos a comer. Yo bendije al Señor por los alimentos que íbamos a comer y ella bendijo a la Madre Tierra por los frutos de su generosidad. A los postres, le dije a nuestra invitada a la mesa que no comprendía esa manera tan personal de dirigirse a la Naturaleza, que de por sí no tiene el seso de saber lo que entrega y a quién lo hace.
De fondo suena el trío de Bill Evans. Cuando el gran pianista murió el 15 de septiembre de 1980, de una insuficiencia hepática a consecuencia de su adicción a las drogas, tenía cincuenta y un años y llevaba mas de veinte entre la elite de su instrumento. El “poeta del piano” como lo definió el escritor, Gene Less, mantuvo incólume su estilo lírico y su sensibilidad hasta sus últimos días.


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