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Ni el PP ni el PSOE se creen sus idearios de partido

28 Septiembre 2008

Y pongo dos ejemplos palmarios. No sé por qué a Esperanza Aguirre le ha dado por poner en marcha un faraónico teatro público, el Teatro del Canal. El Centro Dramático Nacional mantiene empleadas a 238 personas, por eso, los gastos de todo proyecto público son imposibles de cuantificar y, sobre todo, ajustar a un gasto racional. El Teatro del Canal nos ha costado a los madrileños 100 millones de euros. Dice Luis María Ansón que “con este dinero, los empresarios privados habrían convertido a Madrid en la primera ciudad teatral del mundo durante diez años”. Sabemos que el nuevo teatro va a absorber la plantilla del teatro Albéniz, cuyo destino es el cierre.

No critico el dinero que se ha empleado en su inauguración, eso no. Toda inauguración es, por principio, desmedida. Critico que la defensora de una sociedad de libre mercado, engañe a sus votantes con un proyecto que huele ideológicamente al bando contrario.

Por otro lado, los socialistas tampoco se salvan de una infifelidad ideológica. ¿Se acuerdan de lo que nos ha dicho el ministro de Industria sobre las compras de Reyes Magos, que se vuelquen exclusivamente en productos made in Spain? Pues, hemos descubierto que la Guardia Civil se ha ido a encargar sus uniformes a China. “Mucha retórica de alianza de civilizaciones -dice el periodista Ignacio Camacho-, de comercio justo, de emancipación de los trabajadores, pero cuando hay que ahorrarse unos euros, se cierran los ojos a realidades como la explotación laboral del textil chino. Salarios de miseria, horarios ininterrumpidos, fábricas hacinadas, un sistema industrial manchesteriano, muy poco diferente del que inspiró a Marx su rebeldía contra el capitalismo decimonónico”. Y yo pude ser testigo, en un reciente periplo por la India, de la lesión recurrente a los derechos humanos en Bombay. Un tipo de religión zoroastriana, que se había convertido en un empresario brillante, temido y envidiado, mantenía una fábrica textil boyante. Fuimos a verla. La plantilla estaba formada, en su 80%, por menores de edad. Los que trabajaban en el área de las tinturas, una zona cuya atmósfera tóxica hacía imposible una visita más allá de los cinco minutos, cargaban con un aspecto avejentado, abandonado, como piedras de río que a nadie importan.   

Los socialdemócratas han caído en las redes del mercado global, y los conservadores han oído los cantos de sirena del protagonismo público. ¿Qué les pasa?

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